BIBLIOTECAS, SOCIEDAD Y ESTADO


  • Relação entre as bibliotecas, as ações dos profissionais que nelas atuam e o estado.

LAS BIBLIOTECAS NOVOHISPANAS: ARMAS DE DOMINACIÓN AL SERVICIO DEL ESTADO COLONIAL

Este escrito, como los que presentaré en los próximos meses con títulos concretos, forman parte de una reflexión más amplia y extensa que he intitulado:

 

LA CULTURA BIBLIOGRÁFICO-DOCUMENTAL: ENTRE LA DE LINAJE COLONIAL Y LA DE RAÍZ INDÍGENA EN EL CONTEXTO MESOAMERICANO

 

En estos escritos se tiene el propósito de presentar algunos avances respecto a diversos temas, desde una perspectiva crítica, sobre el fenómeno que entraña la otra mirada entre la cultura documental de progenitura colonial española y la de origen indígena que se creó y desarrolló en la región de Mesoamérica, la cual abarca el centro-sureste de México y la zona norte de Centroamérica, donde florecieron las más importantes civilizaciones prehispánicas, entre ellas las de los pueblos tolteca, olmeca, maya, mixteco-zapoteca, totonaca y azteca. Comencemos pues con el tema inherente a las bibliotecas novohispanas que, a nuestro juicio, fueron importantes armas ideológicas al servicio del Estado colonial español para organizar sus posiciones de ultramar. Instituciones bibliotecarias que no solamente coadyuvaron a superar la inestabilidad conquistadora y así consolidar la gobernabilidad del virreynato, sino que también sustituyeron de tajo a las bibliotecas construidas por el espíritu indígena.

 

Las bibliotecas novohispanas desde un punto de vista histórico tradicional, nos dicen poco o nos ocultan la visión antropológica cultural de los vencidos porque esa naturaleza de instituciones bibliotecarias, como otras semejantes, son reminiscencia de la instauración de un orden colonial a partir de la tercera década del siglo XVI. Esas bibliotecas confirman que el conocimiento durante varios siglos fue una preeminencia para servir a las elites del régimen colonial. Esto es, “las bibliotecas novohispanas estuvieron al servicio de una clase social: la oligarquía blanca compuesta por europeos y criollos”. Así que, salvo algunas excepciones, “el libro y las bibliotecas fueron otro de los privilegios de la población blanca durante el periodo colonial.” (Osorio Romero; 1986, p. 258). El Estado colonial controló el flujo del libro y los mecanismos de creación y desarrollo de centros bibliotecarios en sus diferentes Virreinatos.

 

Acorde con la apreciación anterior, esos recintos intelectuales apoyaron el sometimiento y el dominio de los pueblos originarios de América Latina y el Caribe. Así las cosas, los libros y las bibliotecas coloniales no fueron instrumentos ni mecanismos inocentes, no fueron instituciones neutrales, pues no operaron al servicio de la naturaleza sino al servicio de quienes controlaban el sistema opresivo y depredador de esos tiempos. Instituciones bibliotecarias a la medida de los intereses y aspiraciones de los invasores; baluartes y bastiones materiales e intelectuales del yugo colonial. Sistema social que fue creado para obedecer, no para pensar; para despojar y destruir no para preservar.

 

Esos centros bibliotecarios son uno de tantos monumentos de la subordinación cultural de los pueblos mesoamericanos bajo la coacción de un grupo colonizador que traía en sus alforjas una cultura ideológicamente intimidatoria y coercitiva. De tal modo que esos espacios representan parte del circuito de la información bibliográfica y documental del poderoso aparato ideológico denominado Iglesia Católica que, en alianza con la fuerza militar invasora, fue el pilar que creó el orden colonial y coadyuvó al genocidio de los pueblos indígenas. En este sentido, se infiere:

 

Si la fuerza era el recurso primero y último para asegurar la dominación, la religión fue compañera inseparable, tanto por la justificación ideológica que ofrecía para la conquista y la colonización, como por el papel que jugaron el clero y la jerarquía eclesiástica, en la práctica misma del control sobre la población india. La Iglesia tuvo un desempeño colonizador mucho más importante que el ejército, al menos hasta las últimas décadas del siglo XVIII. (Bonfil Batalla; 2006, p. 130). 

 

En efecto, las bibliotecas novohispanas representan un símbolo ideológico dominante que requirió el proceso de conquista y el proyecto de colonización. De conquista espiritual y de colonización de territorios, incluida la expoliación de las riquezas tanto materiales como intelectuales de los pueblos indígenas. Esos recintos bibliográficos son vestigios materiales e intelectuales de las misiones evangelizadoras, tendencias que no representaron alternativas sino más bien una serie de modalidades bruscas de control y sujeción espiritual, constituidas a través de distintas formas de valores a favor de una minoría ilustrada que se esforzó en crear, desarrollar y mantener una estructura social excluyente y agresiva. Esas bibliotecas son prueba del trauma de la derrota infligida por la invasión española en la esfera documental indígena; son evidencia, en la mirada de los vencidos, de la imposición de instituciones bibliográficas extrañas a los pobladores de Mesoamérica.     

 

Los libros y las bibliotecas de los invasores/conquistadores fueron entonces armas esenciales de control y dominación ideológica en manos de la intelectualidad colonizadora. Armas que ella supo combinar eficazmente con la violencia física a través del tribunal del Santo Oficio, mejor conocido como la Santa Inquisición. Así, los instrumentos  (los libros) y los sistemas bibliográficos (las bibliotecas) y de registro (los archivos) representaron importantes recursos ideológicos para ejercer la violencia institucionalizada en todas las formas posibles, y así justificar y ejecutar acciones para someter a los indios al dominio de los peninsulares; para apoderarse de la vida y el destino de la mayoría de los conquistados. En torno de la carga ideológica de esos recursos documentales, se afirma:

 

Los documentos de la Inquisición contienen la historia social e intelectual; reflejan la vida del pueblo y la mentalidad colonial en cualquier momento dado. Cuando se estudian en masse, los archivos [y bibliotecas] ofrecen un panorama de la vida colonial que no se encuentran en otras fuentes. Quizá una sociedad puede conocerse mejor por sus herejes y sus disidentes. La manera como las instituciones sociales reaccionan ante el rebelde, el inconforme, el que discute y el individuo intelectualmente combativo, produce todo tipo de datos sobre la herejía y la tradición, y la reacción ante esto ayuda a medir el cambio social e ideológico. (Greenleaf; 1981, p. 11).

 

Es claro que la Iglesia novohispana, con sus bibliotecas y archivos, creados durante la hegemonía de la ideología colonial dominante, se mantuvo hasta terminar la época colonial como una institución para el sometimiento de los indígenas; como una estructura para sus acciones de imposición y propagación de concepciones religiosas. Institución cómplice de proyectos voraces de expoliación en el territorio mesoamericano. Pero la mirada favorable al conquistador ha intentado inculcar otra perspectiva, la cual se puede sintetizar cuando se asevera:

 

En el período de su mayor grandeza cultural y política, España no sólo dio sus hombres como adelantos para la gigantesca tarea de abrir el Nuevo Mundo a la luz de la civilización occidental, sino que también dio con generosidad algo más duradero: sus libros [y bibliotecas], que son símbolos imperecederos de su genio creador. (Leonard; 1996. p. 267).

 

El punto de vista de Irving es la visión inocua de los vencedores, y la que comúnmente se ha apreciado en los cuadrantes de la academia conservadora o tradicional, insólita por su nivel de desmemoria. Lenguaje que además pasa por alto la devastación documental de los pueblos originarios y aprueba, consciente o inconscientemente, el orden establecido a través de la invasión y el pillaje legalizado que predominó durante la colonia. Se trata de literatura histórica que se propone ocultar realidades, borrar la memoria, castrar las ópticas incompatibles con la pedagogía del vencedor; pedagogía a veces asociada a la amnesia y a la omisión. Este tipo de historia nos miente el pasado o nos enmascara la realidad, pues se nos obliga no solo a que hagamos nuestra la memoria fabricada por el opresor, sino que además se esfuerza para que agradezcamos la “generosidad” del sistema violento que en América Latina y el Caribe multiplicó el hambre, las enfermedades, la mortalidad, la injusticia, el racismo, la discriminación, entre otras calamidades que hasta hoy en día no cesan contra las comunidades y pueblos indígenas.

 

La perspectiva oficial, expresada a través de la Dirección General de Bibliotecas de la Secretaría de Educación Pública, también se adhirió hace tiempo al punto de vista forjado por el  vencedor, pues esa entidad gubernamental, perteneciente a la Administración Pública mexicana, afirmaría que el cosmos de las bibliotecas en el México antiguo comenzó durante la colonia española al aseverar:

 

En un país como México la historia de las bibliotecas […] cuenta con una de las tradiciones culturales más antiguas de América, pues fue el primero que tuvo una biblioteca formalmente establecida (1534) […]. (En: Osorio Romero, 1986, p. 9).

 

Pero como se aprecia históricamente, esta visión categórica es la que ha venido nutriendo el olvido, la omisión, la marginación y la ignorancia sobre la realidad que se generó en los cuadrantes de la alta cultura indígena mesoamericana en materia de libros y bibliotecas antes de la derrota definitiva de las civilizaciones que conformaron el México antiguo. Mirada que oculta u omite la realidad de cómo funcionó en verdad el Estado colonial depredador de España en Mesoamérica. El encuentro produjo serios conflictos, pues el grupo con mayor tecnología bélica, fuerza y capacidad de astucia se impuso. Así, el grupo invasor transplantó su cultura y su lengua, implantándolas en el contexto del conquistado a través de diferentes instrumentos (libros) e instituciones (bibliotecas) culturales. A las antiguas comunidades mesoamericanas que poseían una rica cultura originaria se les impuso de esta manera un conjunto de estructuras políticas, sociales, religiosas, jurídicas, económicas, en suma: ideológicas, que no solamente les resultaron incomprensibles, sino que también les provocaron lesiones traumáticas en lo más íntimo de su ser como sujetos, pueblos y naciones. Estructuras que hoy en día han evolucionado a tal grado de continuar creando y desarrollando una tupida red de instituciones bibliotecarias para beneficio particularmente de la clase dominante.  

 

 

Bibliografía

 

Bonfil Batalla, Guillermo. (2006) México profundo: una civilización negada. México: Random House Mondari.

 

Greenleaf, Richard E. (1981) La inquisición en Nueva España: siglo XVI. México: Fondo de Cultura Económica.

 

Leonard, Irving A. (1996). Los libros del conquistador. México: Fondo de Cultura Económica.

 

Osorio Romero, Ignacio. (1986). Historia de las bibliotecas novohispanas. México: SEP, Dirección General de Bibliotecas.


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FELIPE MENESES TELLO

Cursó la Licenciatura en Bibliotecología y la Maestría en Bibliotecología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Doctor en Bibliotecología y Estudios de la Información por la (UNAM). Actualmente es profesor definitivo de asignatura en el Colegio de Bibliotecología de la Facultad de Filosofía y Letras de UNAM. En la licenciatura imparte las cátedras «Fundamentos de Servicios de Información« y «Servicios Bibliotecarios y de Información» con una perspectiva social y política. Asimismo, imparte en el programa de la Maestría en Bibliotecología y Estudios de la Información de esa facultad el seminario «Servicios Bibliotecarios para Comunidades Multiculturales». Es coordinador de la Biblioteca del Instituto de Matemáticas de esa universidad y fundador del Círculo de Estudios sobre Bibliotecología Política y Social (2000-2008) y fue responsable del Correo BiblioPolítico que publicó en varias listas de discusión entre 2000-2010. Creó y administra la página «Ateneo de Bibliotecología Social y Política» en Facebook.