TEXTOS GERAIS


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DE CUENTERÍAS Y OTRAS DIVAGACIONES

1 de octubre 2003 (1)


Avanza la tarde. Una gigantesca mano gris, húmeda e invernal va ganando terreno, metro a metro, desde el mar. En su avance, va empujando - anticipada y porfiadamente, hacia sus casas, hacia los cerros del puerto - a todos quienes visitan o trabajan en el centro de la ciudad,

Hace mucho frío en el interior de la Casa de la Cultura, aquel edificio moderno ubicado en el borde costero. Desde el segundo piso se divisan las farolas de faluchos y pequeños remolcadores. A lo lejos, se perfilan siluetas fantasmales de gaviotas y pelícanos. Aves aglomeradas, gregarias, posadas sobre destartaladas techumbres. Aves con plumas infladas y cabezas hundidas, preparadas para soportar estoicamente una noche más a la intemperie.

Son las 7. 59 de la tarde y en el formal salón de actos de la Casa sólo ha llegado un par de personas para asistir a una presentación de cuentería latinoamericana. Se está a un minuto del inicio previsto. En el sector de butacas del salón, las dos personas solitarias y arropadas. Esperando sobre el escenario improvisado, dos cuenteros: una chilena y un colombiano, jóvenes, sencillos, llenos de energía contenida.

Se hacen demasiado largos los 10 minutos siguientes. En ese intervalo consiguen aparecer otro par de personas, con actitud despistada. - ¿Aquí iban a actuar los cuenteros? - interrogan con rostros sorprendidos. Se respira desolación. Y todo hace presagiar un fracaso en la convocatoria.

Los narradores-actores, han venido, sin embargo, dispuestos a brindar su espectáculo y han previsto distintas contingencias en la convocatoria. Seguramente han palpado varias veces que la concurrencia del público afín al mundo de la cultura es casi siempre errática e impredecible.

Así, como resultado de un acto de fe, los tejedores de historias, empiezan a adecuar el escenario. En primer lugar, desplazan del estrado a la solemne mesa donde, en las ceremonias oficiales, se ubican las autoridades en forma simétrica y dominante. Luego trasladan dos sillas del proscenio hacia las cercanías del público. Y muy cerca y a la vista de los escasos presentes, se transforman para colocarse pequeños chalecos sin mangas, de colores vivos por sobre sus sencillas vestimentas callejeras. En estas prendas se insinúan esbozos de estrellas, sombreros de mago, gnomos, y pócimas de la hechicería. En fin, con ello ya ha sido desplegada toda la escenografía y la puesta en escena.

En los minutos que siguen, hombre y mujer con buen sentido del humor, y en actitud relajada, van enfrentando el vacío que todavía existe entre un público inmóvil en sus asientos, aún encogido de frío, y disperso por aquí y por allá. Pasan otros minutos, y nuevos espectadores empiezan a llegar, ahora más sostenidamente, agitados por caminatas aceleradas de último momento. Se ha llegado, por fin, a un audiencia de tamaño crítico que espera expectante la propuesta de los cuenteros. Y, por fin, el espectáculo comienza

En forma simple y directa, luego de una presentación coloquial, los intercambios y contrapuntos verbales de la pareja de narradores rasgan el gran velo invisible que parecía separar los mundos de actores y de espectadores. Va entonces, emergiendo como al interior de unas manos acogedoras, un nuevo espacio de acogida. Y en ese espacio, emergen y desfilan personajes curiosos, ambientes exóticos, una extraña colección de virtudes, un arco iris, pájaros luminosos, un caballo en el interior de una casa, voces de animales fantásticos, hojas que se posan en la hierba, vuelos etéreos y amorosos.

Poco a poco, se van así desmoronando la racionalidad de las rectas paredes blancas de la sala, la formalidad de su elegante alfombra roja, el orden y simetría de las sillas modernas correctamente alineadas. En su lugar, se va creando, una especie de esfera mágica, al interior de la cual se respira una atmósfera coloquial, cotidiana, aquella que sólo puede crear un grupo de amigos que se han conocido por toda una vida.

Ya no hace frío. Incluso varios espectadores se despojan de algunos ropajes y atuendos que ahora resultan innecesarios frente a la sensación de levedad y tibieza, de flotación que van creando los relatos, uno tras otro, como el itinerario de un colectivo que se desliza por un tobogán.

La emoción, la nostalgia, se mezclan - sin orden ni preconcepto - con el humor, con la carcajada. Los cuenteros también ríen, y lo que es más notable, se ríen de ellos mismos. Los espectadores ya no podemos ser apáticos e indiferentes. También queremos participar, y lo hacemos con la risa, el aplauso, el comentario al vecino. Quisiéramos poder salir volando desde nuestros asientos para unirnos en una lenta danza donde todos - tomados de la mano y vestidos con el sencillo atuendo de la cuentería - pudiéramos liberarnos en una ronda cadenciosa y solidaria. Y en nuestra cadencia y nuestro giro, quizás consiguiésemos llegar a recordar nuestra infancia. Y a los cuentos que allí escuchamos de boca de nuestros familiares cercanos. O cuando fuimos nosotros los propagadores de esos cuentos eternos. O cuando inventamos relatos que emergieron naturalmente, cuando intentábamos hacer dormir - en su camita infantil - a aquella niña o a aquél niño tan especial y querido.

Nos instalamos en nuestras ensoñaciones. ¿Dónde surge el primer relato? No lo sabemos. Tal vez, muy tempranamente en la historia del ser humano se habrá urdido una extraña complicidad. Una especie de alianza secreta entre el lenguaje oral y gestual - expresión humana existente mucho antes que la escritura -, y la imaginación. No sabemos tampoco si la primera narración transmisora de cultura fue construida con fines educativos, para inculcar valores o, simplemente, para gozar con situaciones y personajes imaginarios, evocadores o emocionantes, o para disfrutar con la magia y los malabares de las palabras.

Tratamos de regresar al salón, pero no lo hayamos como lo habíamos dejado. Estamos ahora en un muy remoto encuentro humano en la oralidad. En un encuentro como muchos que habrán habido, entre tejedores de historias, y una audiencia de cualquier edad, género, raza, ansiosa de vivencias en espacios imaginarios, elásticos y adaptables a sus carencias espirituales o emocionales.

En el tiempo justo, termina la reunión, tal como comenzó, en forma sencilla e informal. Presentimos que los corazones de todos están livianos y tibios. Y que las ánforas han sido colmadas.

Mientras el aplauso se apaga, empezamos a atisbar un camino posible para recuperar lo humano. Pero, además, vamos sintiendo un llamado oculto. El que todos estamos llamados a descubrir - como cuenteros potenciales o audiencias espiritualmente carentes - la intimidad de aquello profundo que nos enseña la doncella, el gigante, el pueblito del arco iris, las espinas de un rosal, la danza de los niños y los astros.

Salimos al malecón, peligrosamente desolado a esas horas en que la noche ha avanzado. Pero ahora nos sentimos tranquilos y acompañados. Ya no tenemos frío. Somos inmunes a las cuchilladas del viento costero. Un bienestar especial nos hace caminar, y así nos atrevemos a adentramos en medio de la tenue niebla.

Por un buen rato, bordeamos las aguas negras y brillantes de un mar quieto y en silencio. A lo lejos, llegan ecos de una insólita banda escolar preparando un desfile en la oscuridad de una plaza. Los aires marciales se mezclan en oleadas indefinidas con esbozos de cumbias que -emergiendo en desorden desde distintos puntos - alegran las soledades reunidas en torno a unas cervezas.

Pasadas unas cuadras de caminata solitaria - siempre bordeando la costa y sin habernos topado con ningún ser viviente - presentimos, en el silencio, una presencia tras nuestras espaldas. Volteamos lentamente la cabeza. Y nos emocionamos.

Podemos percibir - a lo lejos - que la Casa de la Cultura continúa, alegremente, valientemente, con todas sus luces encendidas, aunque hace rato haya sido abandonada por sus ocupantes.

No podemos menos que ver - en su silueta y presencia mágica - un faro, colmado de esperanzas.

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(1) Taller Literario, Prof. Andrés Contreras, Casa de la Cultura de Coquimbo

Autor: Julio Cubillo
Fonte: Especial para Infohome

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Seção Mantida por OSWALDO FRANCISCO DE ALMEIDA JÚNIOR

Professor associado do Departamento de Ciência da Informação da Universidade Estadual de Londrina. Professor do Programa de Pós-Graduação em Ciência da Informação da UNESP/Marília. Doutor e Mestre em Ciência da Comunicação pela ECA/USP. Professor colaborador do Programa de Pós-Graduação da UFCA- Cariri - Mantenedor do Site.