BIBLIOTECAS, SOCIEDAD Y ESTADO


  • Relação entre as bibliotecas, as ações dos profissionais que nelas atuam e o estado.

EL PARADIGMA POLÍTICO DE LA BIBLIOTECA PÚBLICA - VIII

En esta parte, se analiza la importancia de la información como relevante recurso de defensa nacional a través de los War Information Centers (WIC) que se crearon en las bibliotecas públicas, entre otros lugares (Laves, 1943, p. 94), de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Se trata de reconocer el valor institucional de la información bibliográfica en el seno de esa sociedad que apoyó a su Estado en momentos de emergencia nacional. Una sociedad que tuvo que enfrentar los problemas acuciantes que la situación de crisis extrema produjo.

 

En efecto, poco tiempo después del ataque sorpresa a la base naval de los Estados Unidos en Pearl Harbor, Hawái, en la mañana del 7 de diciembre de 1941, un gran número de bibliotecas públicas se convirtieron en virtuales centros oficiales de información de guerra. Esta designación fue a través del consejo local de defensa, quien a veces no concedía tal nombramiento, aunque: “Hasta donde se sabe, ha habido pocos casos en que el consejo de defensa local no ha estado dispuesto y de acuerdo en nombrar a la biblioteca pública como un centro de información oficial” (Danton, 1942, p. 501). De esta manera, la participación de esas instituciones de servicio público sería para contribuir a satisfacer las necesidades de defensa civil en las coordenadas de una nación en guerra. 

 

La comunidad bibliotecaria estadounidense, representada por Essae Martha Culver, entonces presidenta de la American Library Association (ALA), en esos días observó que la guerra era una oportunidad para ampliar los servicios y crear otros nuevos en concordancia con las dificultades que ocasionaba el enfrentamiento bélico (Culver, 1941, p. 412). Algunos bibliotecarios estuvieron convencidos respecto a que las bibliotecas públicas debían desempeñar un papel relevante en materia de defensa civil, y así mantener en alto la moral del frente constituido por la sociedad civil. Para tal efecto, el gobierno creó por decreto una agencia federal en mayo de 1941 denominada Office of Civilian Defense (OCD). La ALA en materia de organización de la defensa no se mantuvo al margen al declarar el 29 de diciembre de 1941:

 

Oficial o extraoficialmente, cada biblioteca debe convertirse en un centro de información de guerra en que estén disponibles actualmente los últimos datos, informes, directorios, reglamentos e instrucciones para el uso público. Las urgencias de la guerra con frecuencia requieren información inmediata y decisiones rápidas. La biblioteca, por tanto, debe intensificar el ritmo de su servicio. Debe prever y prepararse para satisfacer tales demandas. (Las cursivas son del documento) (Libraries and the War, 1942, p. 3).

 

Aún antes del ataque sorpresa a Pearl Harbor, y a la luz de los acontecimientos que se apreciaban en torno a un estado de emergencia nacional,  el Consejo Ejecutivo de la ALA trató de ser útil a todo tipo de bibliotecas, incluidas las Army libraries y Navy libraries. El compromiso de esa asociación, a través del Committee on Nacional Defense Activities and Libraries, se ajustó a un objetivo inmediato: ayudar en el esfuerzo de la nación en materia de «defensa total», contribuyendo permanentemente con servicios bibliotecarios organizados y de información bibliográfica para el pueblo y las fuerzas armadas.  En un informe de la presidenta y del secretario ejecutivo de la ALA se observa cómo este organismo comenzó a involucrarse en una gran gama de actividades apremiantes para apoyar la política de Estado concerniente a la defensa nacional. (Culver y Milan, 1941). Este documento nos ilustra para comprender que la participación de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial sería inminente. El gobierno estadounidense solamente tuvo que esperar unos meses más para tener el motivo. Los japoneses lo provocaron en diciembre de 1941.

 

Como organismo gremial, la ALA encontró receptiva a la OCD para colaborar con la responsabilidad que las bibliotecas públicas habrían de considerar para funcionar como centros de información de guerra (Becker, 2005, p. 87). Así, la OCD proclamó: “Las bibliotecas de los Estados Unidos se convertirán en los arsenales de información de defensa” (Becker, 2005, p. 88). Esa política federal debió vincularse con la política presidencial del Estado en materia de defensa de la nación, pues: “Reconociendo el papel fundamental de las bibliotecas como proveedoras de información en tiempos de guerra, el presidente Roosevelt, sólo a un mes después de Peal Harbor, hizo un llamado formal a las bibliotecas para participar en la defensa nacional” (Spencer, 2008, p. 132). 

 

En este orden de acontecimientos, algunas asociaciones estatales de bibliotecarios declararon públicamente su compromiso patriótico. La Texas Library Association, por ejemplo, adoptó el tema elocuente «Defensa a través de los libros»; la Iowa Library Association prometió su apoyo a la promoción de la educación de los ciudadanos para la defensa (Becker, 2005, p. 63). Así, las bibliotecas y asociaciones cerraron filas para actuar de forma útil y eficaz en torno a proyectos de defensa nacional. Nuevamente, como sucedió durante la Primera Guerra Mundial, el sistema de bibliotecas públicas de los Estados Unidos, coordinado con otros sistemas bibliotecarios escolares, académicos y especializados, se esforzaría para asistir al Estado.

 

Según podemos inferir, aquel conflicto bélico puso a prueba el funcionamiento de las bibliotecas públicas de ese país por la crisis extrema que la sociedad atravesó. Así, el impacto de la guerra estimuló a los bibliotecarios públicos estadounidenses para gestionar colecciones y servicios adecuados durante esos tiempos aciagos. En razón de los acervos que ofrecieron y de los servicios que prestaron a la sociedad se asevera que “las bibliotecas hicieron una contribución inmensa a la defensa civil” (Spencer, 2008, p. 132). Para aquilatar en su justa dimensión el espíritu cívico en torno a la relación «bibliotecas y defensa» se estimó en esos días:

 

El programa de defensa civil de la biblioteca fue concebido sobre una amplia base. Mantener la estabilidad de nuestra sociedad requiere que la atención se dirija no sólo hacia las personas de edad productiva, sino también hacia los inmaduros. Tal programa debe reconocer tanto el bienestar mental como el físico. Se debe ayudar en el mantenimiento de los medios naturales de la vida y todos ellos en el momento en que la vida familiar se rompa y el gasto familiar se restringa necesariamente (Thorpe y Rutzen, 1942, p.232).

 

El concepto de defensa en el universo de aquellas bibliotecas públicas estuvo vinculado con la espera del golpe, es decir, con la incertidumbre de posibles ataques aéreos en el territorio estadounidense. El artículo de Spencer (2008) es lo suficientemente explícito en el sentido que la noción de defensa nacional implicaba actos tanto de defensa civil como de protección civil en el universo funcional de las bibliotecas. Motivo por el que hubo que procurar el objetivo esencial de la defensa: proteger para preservar y continuar prestando servicios bibliotecarios y de información en tiempos de guerra. Si es que una de las actividades esenciales fue la protección de las colecciones. Pero además, como suministradoras de información, esas bibliotecas al servicio del pueblo estadounidense se convirtieron, como hemos afirmado, en centros de información de guerra para ayudar en el trabajo inherente a la defensa de la sociedad civil. Así que, paralelamente a la protección de los fondos bibliográficos, se procuró la protección a la vida. Motivo por el que se previó que las bibliotecas se convirtieran, llegado el momento, en refugios antiaéreos. De tal suerte que en 1942 la ALA solicitó a los bibliotecarios ofrecer espacio en sus edificios para el entrenamiento de defensa aérea y de reunión e incluso como refugio en caso de ataques con bombas (Spencer, 2008, p. 138).

 

Pero la palabra «defensa» adquirió también un significado ideológico al concebir «los libros como armas en la guerra de las ideas». La agencia de propaganda gubernamental, la Office of War Information (OWI), a través de su Library Program Division, produjo un poster con la consigna: «Books are weapons in the war of ideas» (Cory, 1943, p. 40), y en el que se citaban estas palabras de Franklin D. Roosevelt: “In this war, we know, books are weapons”. En torno a esta misma postura político-ideológica, en la ciudad de New York se formó el Council on Books in Wartime, el cual estaba patrocinado por varios organismos, como los siguientes: American Booksellers Association, American Library Association, Book Publishers Bureau, entre otros. Una de las tareas de ese consejo fue presentar ante el público el concepto del libro como arma necesaria a utilizar en el  plano de las ideas (Stephens y Rogers, 1942, p. 412). Noción que se extendería en todo el país. Acerca de este asunto, la ALA en su declaración de política bibliotecaria, adoptada por unanimidad por el Consejo el 29 de diciembre de 1941 e intitulada «Libraries and the War», afirmó en términos generales:

 

La biblioteca debe difundir información auténtica y enseñanzas sólidas en los campos de la economía, el gobierno, la historia y las relaciones internacionales. Porque esta es una guerra entre la democracia y el totalitarismo, es un conflicto de ideas, teorías e ideales políticos, así como de armas militares. La ignorancia de las ideas, a partir de hechos, puede derrotar a las más nobles intenciones. […] La biblioteca, más que cualquier otra agencia única, debe ayudar en este proceso. (las cursivas son del documento) (Libraries and the War, 1942, pp. 3-4).

 

Valoración que se puso en práctica incluso directamente en el teatro de guerra. A través del libro Books as weapons: propaganda, publishing, and the battle for global markets in the era of World War II (Hench, 2010), se sabe que a unas semanas después de la invasión del Día D, 6 de junio de 1944, una sorprendente carga de cajas con libros se unió a la ola de refuerzos de tropas, armas, municiones, alimentos y medicinas en las playas de Normandía. Esa misma obra narra la historia poco conocida de la alianza que hubo entre los editores estadounidenses y el gobierno de los Estados Unidos para llevar libros recientes y cuidadosamente seleccionados a civiles liberados de las fuerzas del Eje (Hench, 2010). Así, los libros también invadieron los países europeos para ayudar a la liberación mental de los pueblos controlados hasta entonces por el régimen nazi. Después de esa histórica fecha, los libros estadounidenses se transportaron a todos los teatros de guerra para expandir e inculcar los valores sociales, políticos y culturales de la hegemonía yanqui. De modo que los libros y las bibliotecas, como herramientas e instituciones  ideológicas, se convirtieron en esos años de guerra en armas alternativas y complementarias a las de carácter militar.    

 

El reconocimiento sobre el trabajo de las bibliotecas públicas en cuanto a defensa civil se aprecia cuando leemos:

 

Revistas comerciales y periódicos populares reconocieron las contribuciones de numerosos bibliotecarios; dirigentes políticos nacionales y profesionales hicieron hincapié en el trabajo bibliotecario de defensa; las principales bibliotecas dedicaron una intensa actividad de defensa aérea, y los materiales de defensa aérea fueron incluidos en las colecciones de miles de bibliotecas designadas como Centros de Información de Guerra. Los bibliotecarios ayudaron a sostener los esfuerzos de defensa civil de la nación mediante la protección de sus propios recursos y de otros, organizando colecciones de materiales de defensa aérea, proporcionando un servicio de referencia, y prestando sus edificios a la defensa civil. Los bibliotecarios percibieron una amenaza a sus colecciones y usuarios, y reaccionaron vigorosamente mediante la preparación de la defensa contra esa amenaza (Spencer, 2008, p. 140-141).

 

La ALA fue receptiva al llamamiento que hizo el gobierno de los Estados Unidos para participar en la defensa nacional, en virtud que la situación de guerra en Europa fue considerada por ese gobierno como un serio peligro para la libertad y la democracia; el personal de las bibliotecas públicas, y de otros tipos, a su vez se apegaron al llamado de su Asociación. Fue un tiempo en que se consideró que era necesario, más que nunca, tener una ciudadanía informada para entender los significados de los acontecimientos (Culver, 1941, p. 412) y actuar en consecuencia. Pero la ALA no logró unanimidad entre el gremio para responder a la política de emergencia nacional, pues hubo bibliotecarios que se negaron a participar en la movilización para apoyar al Estado en guerra. La política disidente se puede ilustrar por el auge que tuvo el Progressive Librarians Council (PLC), fundado en 1939 por el jefe bibliotecario de la Universidad Estatal de Montana, Philip Keeney. En 1940 el PLC envió una carta al presidente Roosevelt suplicándole “mantengámonos fuera de la guerra”. Esta acción pacifista, apoyada por la ALA Library Unions Round Table, la dirigencia de la ALA la descalificó al enviar otra carta al presidente argumentando que el PLC no era parte de esa asociación y que, por tanto, no tenía la autoridad para hablar en nombre de los bibliotecarios de los Estados Unidos sobre ningún asunto (Becker, 2005, pp. 34-35).

 

Así, si las instituciones bibliotecarias tenían que responder, a juicio de sus líderes, a las necesidades que imponía la guerra, entonces ellas debían participar en la organización de la defensa de la comunidad (Hoit, 1942). Los hechos reafirman, incluidos los de la parte disidente,  que los principios de neutralidad e imparcialidad que son atribuidos histórica y teóricamente a bibliotecarios y bibliotecas son, en determinados contextos, un mito. Como es un mito también considerar a las bibliotecas públicas como instituciones apolíticas, consecuentemente, a sus bibliotecarios como individuos apolíticos. En todo caso, recordemos la estrecha relación que existe, de acuerdo con  Karl von Clausewitz, entre «guerra y política». 


Referencias

 

Becker, Patti Clayton. (2005). Books and libraries in American Society during World War II. New York: Routledge.

 

Cory, John Mackenzie. (1943). Libraries and the Office of War information. American Library Association. 37 (2): 38-41

 

Culver, Essae M.; Milan, Carl H. (1941). National defense activities and the A. L. A. American Library Association Bulletin. 35 (2): 53-63

 

Culver, Essae Martha. (1941). The emergence of libraries. American Library Association Bulletin. 35 (7): 410-413

 

Danton, Emily Miller. (1942). Public library war information centers. American Library Association Bulletin. 36 (8): 500-507

 

Hench, John B. (2010). Books as weapons: propaganda, publishing, and the battle for global markets in the era of World War II. Ithaca, New York: Cornell University Press.

 

Hoit, Doris L. (1942). The public library in the community defense organization. American Library Association Bulletin. 36 (2): 69-72

 

Laves, Walter H. C. (1943). Libraries and Defense Council War Information Committees.  American Library Association Bulletin. 37 (3): 93-95

 

Libraries and the War. (1942). American Library Association Bulletin. 36 (1): 3-4

 

Spencer, Brett. (2008). Preparing for an air attack: libraries and American air raid defense during World War II. Libraries & The Cultural Record. 43 (2): 125.147

 

Stephens, Eleanor; Rogers, Helene H. (1942). Library war service. American Library Association Bulletin. 36 (6): 408-412

 

Thorpe, Helene; Rutzen, Ruth. (1942). A public library responds to wartime needs. American Library Association Bulletin. 36 (4): 230-242


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FELIPE MENESES TELLO

Cursó la Licenciatura en Bibliotecología y la Maestría en Bibliotecología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Doctor en Bibliotecología y Estudios de la Información por la (UNAM). Actualmente es profesor definitivo de asignatura en el Colegio de Bibliotecología de la Facultad de Filosofía y Letras de UNAM. En la licenciatura imparte las cátedras «Fundamentos de Servicios de Información« y «Servicios Bibliotecarios y de Información» con una perspectiva social y política. Asimismo, imparte en el programa de la Maestría en Bibliotecología y Estudios de la Información de esa facultad el seminario «Servicios Bibliotecarios para Comunidades Multiculturales». Es coordinador de la Biblioteca del Instituto de Matemáticas de esa universidad y fundador del Círculo de Estudios sobre Bibliotecología Política y Social (2000-2008) y fue responsable del Correo BiblioPolítico que publicó en varias listas de discusión entre 2000-2010. Creó y administra la página «Ateneo de Bibliotecología Social y Política» en Facebook.