BIBLIOTECAS, SOCIEDAD Y ESTADO


  • Relação entre as bibliotecas, as ações dos profissionais que nelas atuam e o estado.

EL PARADIGMA PÚBLICO DE LA BIBLIOTECA PÚBLICA - XXXVII

La Ley del 12 de julio de 1859 contribuyó a la creación de más bibliotecas públicas en México. Misma que le otorgó al Estado la facultad de darle, en relación con la propiedad privada del clero, las modalidades legales a que obligaba el interés del poder público. Así, el texto y el espíritu de esa norma, producto del pensamiento y acción del liberalismo social mexicano durante la segunda mitad del siglo XIX, abrió el cauce de la expropiación de los bienes eclesiásticos, entre ellos los de carácter bibliográfico en general y los de la Biblioteca Palafoxiana en particular. La tarea de organizar al país como una república requería contar con auténticos servicios públicos como el de biblioteca pública. Laicizar la educación, impulsar la edición y publicación de libros y periódicos, alfabetizar e instruir al pueblo, eran retos que había que afrontar para establecer y consolidar las nuevas instituciones republicanas.

 

Como se sabe, la biblioteca administrada en la esfera del clero debió pasar a ser gestionada en la esfera del Estado, molde y fundamento de «lo público». En México desde entonces comenzó a surgir la biblioteca como espacio que debía obrar en razón del bien público, por ende, para apoyar el sistema republicano de gobierno. La conquista de la libertad de expresar el pensamiento, por la que tanto pugnó Francisco Zarco, estuvo estrechamente vinculada con la libertad de imprenta, con la libertad de escribir y con la libertad de leer. Libertades públicas ajustadas a la forma de vida de un país civilizado, esto es, ceñidas a una república con instituciones democráticas apegadas al deseo del bien público, cuño inherente a «el público». El grado de civilización de la república habría de consolidarse, argüían los pensadores liberales, con base en el respeto y la práctica de esas libertades, entrecruzando o engarzando así las coordenadas de «lo público» y «el público» en materia de servicio de biblioteca. Asunto relacionado con el desenvolvimiento político y social de la imprenta (Lafuente, 1992).

 

Los adelantos en torno a la idea de la biblioteca como servicio público, pocos años después de la guerra de independencia (1810-1821), fueron moldeando radicalmente el ideario liberal sobre la materia que nos ocupa. Se trató de crear o transformar bibliotecas de manera insólita para la época. Así, los diversos proyectos de biblioteca pública, entre los que se puede incluir el de la Biblioteca Palafoxiana dado carácter estatal, a lo largo del siglo XIX tuvieron tanto una connotación política como un matiz social para influir en la obligatoriedad de la instrucción pública. En lo general fue una política de Estado que mantuvo al margen a la Iglesia; en lo particular fue una política gubernamental para respaldar el orden laico. La filosofía del liberalismo en relación con dicha idea se puede entender con lo que expresa Lafuente (1992, p. 29) respecto a los diferentes proyectos que se llevaron a cabo para tal efecto y que anteceden a la Ley del 12 de julio de 1859:

 

Este tipo de iniciativas, surgidas entre 1823-1828, de alguna manera se ajustaban a los propósitos del liberalismo a ultranza, y lograron agregar un nuevo concepto de biblioteca, configurado por la idea de concebirla como una institución destinada a poner a disposición de las personas los libros que deseen leer, sin importar su grado de ilustración o condición social y sin necesidad de tramitar ningún permiso para ello. La biblioteca se abre irrestrictamente a cualquier persona y se le considera un servicio público, con la intención básica de que sus acervos sirvan a finalidades de instrucción pública más allá de los estrechos límites de la instrucción escolar.

 

Aunque, no todos los proyectos tuvieron las mismas características. Algunos pretendían la participación de los particulares en la formación de estas bibliotecas, y en otros proyectos se establecía la obligación legal por parte del Estado de crearlas y mantenerlas funcionando.

       

En una contextura de «libertad y reforma», las bibliotecas públicas del siglo XIX, con excepción de la Palafoxiana, comenzaron a ser consideradas, a juicio de la sociedad ilustrada, especie de instituciones que debían funcionar al servicio de la democracia; a ser valoradas como reductos de los pensamientos y conocimientos escritos y publicados; a justipreciarlas, en tanto bibliotecas al servicio del público, como órganos de la razón para evitar el anarquismo y el despotismo. De tal modo que las publicaciones con puntos de vista políticos, filosóficos, religiosos, etcétera, por erróneos que fuesen, no debían ser censuradas ni prohibidas en el marco de las restricciones a la libertad de imprenta. En defensa de esta libertad en octubre de 1857 Zarco concibió “a la imprenta como institución democrática y civilizadora, como una exigencia del siglo actual, como elemento utilísimo para los gobiernos, como el atalaya de las libertades públicas” (2013, pp. 185-186). Pensamiento zarconiano avanzado que es posible extrapolarlo en torno a la biblioteca pública de ayer y hoy, pero no al desempeño “público” de la Biblioteca Palafoxiana.    

 

Se observa, en el contexto decimonónico, que el desarrollo histórico-social de esa tecnología no estuvo desvinculado en sí del servicio público de biblioteca. Esto fue así porque el eslabón que une la relación «imprenta y biblioteca» es el libro impreso. Con razón se afirma en torno a este nexo que en el México del siglo XIX: “La expansión social de la imprenta contribuyó a transformar la estructura interna de la biblioteca […] Al diversificarse la producción de textos impresos para cubrir diversas finalidades de difusión pública de todo tipo de ideas y conocimientos, se modificó el papel de la biblioteca” (Lafuente, 1992, p. 3). De tal suerte que aquellas bibliotecas decimonónicas pudieron haberse contemplado como los establecimientos tutelares y protectores de la libertad de imprenta; como baluartes de la preservación y difusión de las ideas, tanto progresistas y republicanas como conservadoras e imperialistas, publicadas en los periódicos de toda laya. Asimismo, la expansión social de la imprenta pudo contribuir, como escribió Cruzado casi al finales de siglo (1890, p. 15) al “valioso caudal de libros que poseen todas nuestras bibliotecas públicas” y a la “adquisición de las nuevas obras que diariamente ingresan a sus gabinetes” de lectura.

 

Circunstancias que no influyeron en el desarrollo ni en el funcionamiento de la Palafoxiana para lograr convertirse en una genuina Biblioteca Pública del Estado. En ese espacio, pletórico de tesoros bibliográficos y libros antiguos, no se gestaron ni se materializaron las políticas más significativas de una verdadera biblioteca pública. Así, el mayor logro de la reforma juarista fue el haber incorporado esa institución al universo de un floreciente sistema bibliotecario estatal, convirtiéndose con el tiempo esa gran biblioteca poblana como un vestigio del pasado colonial, como una reliquia confiscada por el movimiento de la Reforma. Por esta razón, aquélla comenzó su nuevo perfil orgánico de gobierno como un espacio más de carácter ornamental que con talante de utilidad pública.

 

Referencias

 

Cruzado, Manuel. (1890). Discurso sobre el origen de las bibliotecas públicas existentes en la República Mexicana. México, Oficina Tip. de la Secretaría de Fomento.

 

Lafuente López, Ramiro. (1992). Un mundo poco visible: imprenta y bibliotecas en México durante el siglo XIX. México: Universidad Nacional Autónoma de México.

 

Zarco, Francisco. (2013). Escritos sobre la libertad de imprenta. México.  Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Dirección General de Publicaciones. 


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FELIPE MENESES TELLO

Cursó la Licenciatura en Bibliotecología y la Maestría en Bibliotecología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Doctor en Bibliotecología y Estudios de la Información por la (UNAM). Actualmente es profesor definitivo de asignatura en el Colegio de Bibliotecología de la Facultad de Filosofía y Letras de UNAM. En la licenciatura imparte las cátedras «Fundamentos de Servicios de Información« y «Servicios Bibliotecarios y de Información» con una perspectiva social y política. Asimismo, imparte en el programa de la Maestría en Bibliotecología y Estudios de la Información de esa facultad el seminario «Servicios Bibliotecarios para Comunidades Multiculturales». Es coordinador de la Biblioteca del Instituto de Matemáticas de esa universidad y fundador del Círculo de Estudios sobre Bibliotecología Política y Social (2000-2008) y fue responsable del Correo BiblioPolítico que publicó en varias listas de discusión entre 2000-2010. Creó y administra la página «Ateneo de Bibliotecología Social y Política» en Facebook.