BIBLIOTECAS, SOCIEDAD Y ESTADO


  • Relação entre as bibliotecas, as ações dos profissionais que nelas atuam e o estado.

LA RESPONSABILIDAD DE SALVAGUARDIA DEL PERSONAL BIBLIOTECARIO

La responsabilidad de conservar documentos en buen estado, esbozada en la entrega anterior, se ha centrado en contextos de paz. La responsabilidad de salvaguardia en esta ocasión se limita a momentos de violencia extrema: guerras, golpes de Estado y terrorismo. En este sentido el concepto de «salvaguardia» infiere, para efectos de este discurso, protección, seguridad, custodia y defensa no solamente de las colecciones, sino también de los edificios, el mobiliario, los recursos y las instalaciones en general, para así controlar o disminuir la destrucción que desencadenan esos flagelos. 

En efecto, el cometido del personal bibliotecario en cuanto a salvaguardar la infraestructura del servicio de biblioteca no se limita a los conflictos armados, también comprende aquellos momentos calamitosos que se generan antes, durante y después de un golpe de Estado (Invernizzi, 2002; Zeballos, 2008; Meneses, 2013; Rojas y Fernández, 2015) Trance en que se ven comprometidos los diversos sistemas bibliotecarios dado el potencial social, político y cultural que tienen como organismos para desarrollar, organizar y circular información. 

La salvaguardia durante las eventualidades que imponen la guerra no se circunscribe a los actos dedicados a la preservación del conjunto de elementos infraestructurales que constituyen los servicios bibliotecarios y de información. También esta responsabilidad implica la premisa: «salvaguardar las bibliotecas para lograr la victoria» durante la lucha armada. Es decir: “La historiografía sobre la guerra contemporánea muestra que el recurso de la información, en general, y la información documental organizada, en particular, concentrada en los centros bibliotecarios, es un elemento primordial que ha servido para alcanzar los objetivos de la victoria militar” (Meneses, 2013: 54). La historia de las bibliotecas en periodos de guerra muestra cómo estas instituciones sociales se convierten en servicios dirigidos tanto para las fuerzas armadas como para la población civil. Por lo tanto, los diferentes tipos de sistemas de bibliotecas se adhirieron, en algunos contextos de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), a las consignas ¡Todo para el frente! ¡Todo para la victoria!”.

El conocimiento sobre las bibliotecas en situaciones de conflictos bélicos, de golpes de Estado y actos de terrorismo colige la necesidad de actuar conforme a las circunstancias imperantes. Necesidad que implica hacer frente a eminentes riesgos de devastación de la cultura bibliográfica y bibliotecaria; así como la perentoria necesidad de utilizar los servicios de los diferentes tipos de bibliotecas que se plantean para enfrentar la problemática que entrañan esos fenómenos, en los que se enseñorea la violencia, el latrocinio y la destrucción sistemática e intencional.

El bagaje conceptual que da sentido a la necesidad de pensar la responsabilidad de salvaguardia, en el terreno práctico del servicio de biblioteca, es lo suficientemente elocuente. El concepto «memoricidio» destaca por su significado general: devastación deliberada o premeditada para acabar con la memoria cultural que un pueblo atesora en sus bibliotecas, archivos, museos, galerías, monumentos y sitios históricos. Las Organización de las Naciones Unidas define así este vocablo como “la destrucción intencional de bienes culturales que no se puede justificar por la necesidad militar”. Neologismo que se le acredita al escritor español Juan Goytisolo durante los conflictos bélicos acaecidos en los primeros años en el territorio de la antigua Yugoslavia (Goytisolo, 1994: 39). Aunque con certeza se sabe que la expresión «memoricide» la introdujo Mirko Dražen Grmek (escritor y científico croata) en conferencias que pronunció en 1991, y cuyo significado es “la intención activa de destruir todos los rastros culturales e históricos de una nación en un cierto territorio” (Fatovic-Ferencic y Buklijas, 2000: 8-9). Pero sería hasta la devastación de la Biblioteca Nacional y Universitaria de Bosnia y Herzegovina (Zeco y Tomljnovich, 1996), ubicada en la ciudad capital de Sarajevo, acaecida entre el 25 y 27 agosto de 1992, cuando esta palabra cobró particular énfasis en los periódicos y artículos académicos, entre estos últimos destaca el artículo de Blažina (1996). 

El libro Wounded libraries in Croatia (Aparac-Gazivoda y Katalenac, 1993) es un lamentable testimonio histórico del memoricidio ocurrido durante lo que se conoce también como la Guerra de los Balcanes (1991-2001), la cual se llegó a caracterizar por varios detonantes políticos, económicos, culturales, religiosos y étnicos. Fue uno de los conflictos bélicos más sangrientos y devastadores en Europa desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. La riqueza de material bibliográfico perdido en esa región del mundo es factible sopesarla si tenemos en cuenta que “la antigua Yugoslavia era un país confederado en el que convivían serbios, croatas, bosnios, cristianos, musulmanes y judíos”. Fue un país rico por su “mosaico cultural de razas y religiones” (Meneses y Licea, 2005: 68), un país multicultural. 

Más tarde Rebecca Knuth (2002; 2003) uso el término «libricide» (libricidio, librocidio o bibliocidio) para concretar el concepto de genocidio en el universo de los libros y las bibliotecas. Por ende, la palabra libricidio es la destrucción intencional, planificada y sistemática de libros y bibliotecas, patrocinada o auspiciada por los Estados beligerantes o autoritarios. Es un acto que refleja imperativos ideológicos basados en procedimientos violentos para exterminar la cultura bibliográfica y bibliotecaria mediante la incautación, la quema de libros y los ataques directos a las bibliotecas en aquellos países que se hallan en el maremágnum de una guerra o dictadura. Las palabras memoricidio y libricidio son correlativas, no obstante recalquemos esta diferencia:

[…] el fenómeno denominado recientemente como libricidio no es la suma abstracta de crímenes espontáneos derivados de la pasión ideológica, sino un método de devastación deliberado, sistemático y violento. La diferencia entre memoricidio y libricidio reside en que el primero trata sobre la destrucción de las bibliotecas, los archivos, museos y monumentos arquitectónicos, y el segundo comprende solo el aniquilamiento de los libros y las bibliotecas (Meneses y Licea, 2005: 69).

La historia en torno a la destrucción de libros y el aniquilamiento de las bibliotecas durante el siglo XX nos recuerda los diferentes hechos catastróficos que han producido colosales libricidios: el racismo y el nacionalismo del Adolf Hiltler en la Alemania nazi; la revolución cultural de China durante el régimen de Mao Zedong; el nacionalismo serbio de Slobodan Miloševi? en la antigua Yugoslavia; la invasión de Kuwait por el Irak que gobernó Sadam Husein; el conflicto entre el Tíbet y la República Popular China. Acontecimientos que Knuth (2003) trata con detalle en su obra Libricide. Pero curiosamente esta profesora del Library and Information Science Program de la Universidad de Hawai, pasa inadvertido el libricidio cometido por los Estados Unidos en diferentes momentos de las guerras que este país ha emprendido en varias partes del mundo. 

En efecto, un caso que no debemos olvidar es la destrucción de las bibliotecas japonesas a consecuencia de las operaciones militares estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial (Meneses, 1997). La historia militar de los Estados Unidos, que cubre más de dos siglos, nos podría ilustrar para saber la dimensión del daño que las guerras emprendidas por este país alrededor del planeta han ocasionado, ya sea en acciones bélicas directas o indirectas, en el plano de las instituciones documentales (bibliotecas, librerías, archivos, museos y otras). 

La devastación de material bibliográfico en el marco de las dictaduras cívico-militares en América Latina a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, e instauradas mediante golpes de Estado, se debe indirectamente a los Estados Unidos, puesto que el gobierno en turno de este país orquestó la Operación Condor, la cual fue el plan de inteligencia coordinado de acciones entre los regímenes dictatoriales del Cono Sur (Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay, Uruguay) para reprimir y aniquilar a la izquierda opositora. Represión que perturbó completamente la cultura bibliográfica de esos países, ocasionando un severo «apagón cultural» en la región, concepto utilizado para el caso de Chile (Donoso, 2013), pero que es posible adaptarlo en la dinámica autoritaria y represora de gobierno que imperó en el contexto cultural de esas dictaduras.

Un término afín a los anteriores es lo que se denomina como «bibliocausto». Expresión derivada del vocablo «holocausto», esto es, matanza masiva de personas con el fin de exterminar comunidades por motivos étnicos, políticos y religiosos. Un hecho deleznable fue el genocidio cometido premeditadamente durante la Segunda Guerra Mundial por la Alemania Nazi, contra los judíos principalmente. País europeo que inició el bibliocausto años antes de que estallara ese conflicto bélico a gran escala internacional. La quema de libros efectuada en la plaza pública (Bebelplatz) de Berlín, el 10 de mayo de 1933, es uno de los acontecimientos más conocidos y el cual sería el preludio de la destrucción masiva de libros pertenecientes a ciertas bibliotecas públicas, escolares, universitarias y especializadas alemanas durante el régimen Nazi, entre estas últimas se recuerda la biblioteca del Institut für Sexualwissenschaft (Instituto para la Ciencia Sexual), institución dedicada al estudio e investigación sobre sexología y que en ese mismo mes y año fueron destruidos sus 10.000 libros (Hill, 2001:15).

Esa devastación de libros en Alemania en por lo menos 30 universidades se adscribe al significado de libricide (Knuth, 2003: 75) porque fue una acción fraguada por las asociaciones de estudiantes, profesores y miembros del partido nazi e instigada bajo la dirección de la Nationalsozialistischer Deutscher Studentenbund (Asociación de Estudiantes Alemanes Nacionalsocialistas), La quema pública de libros fue el punto crítico de la «Aktion wider den undeutschen Geist», (Acción contra el espíritu anti-alemán), iniciada en 1933. Año en el que se establece el régimen de Adolf Hitler, comenzando así la persecución sistemática de los escritores judíos, marxistas, pacifistas, entre otros autores señalados como opositores o antipáticos a la política gubernamental nacionalsocialista. La maquinaria de la censura nazi se apuntaló en la requisa y quema pública de libros como un proyecto para “erigir una nueva humanidad”, con la anuencia incluso de algunos bibliotecarios (Polastron, 2007:165). Y a partir del 1 de septiembre 1939, fecha en que inicia la Segunda Guerra Mundial, la maquinaria de guerra nazi se sumaría para cometer tanto mayores atrocidades contra la humanidad como intensas prácticas de pillaje y aniquilamiento de libros y bibliotecas en todos los escenarios de guerra. 

De tal modo que no hubo resistencia a ninguna de esas acciones por parte de las autoridades universitarias. Tampoco presentaron oposición los estudiantes, bibliotecarios, libreros y editores. Por el contrario: “Bajo el liderazgo de un dedicado nazi, la organización oficial de libreros alemanes rápidamente apoyó al nuevo régimen”, y “en una reunión de bibliotecarios científicos en junio de 1933, un destacado orador aceptó la quema de libros, aplaudió las incautaciones de libros por parte de la policía y abogó por la eliminación de las obras judías y bolcheviques” (Hill, 2001: 15). En este contexto histórico la responsabilidad de salvaguardia por parte del personal bibliotecario, entre otros gremios del mundo del libro, simplemente no se llevó a cabo conforme a la gravedad de la situación. 

Aún nos falta reflexionar sobre el concepto de «biblioclastia», acto que significa destrucción de libros de manera deliberada, cuyos motivos pueden ser de carácter social, político, ideológico u otros. Quien destruye libros de manera premeditada y sistemática, ataca instituciones documentales, dirige su plan devastador contra diferentes sistemas bibliográficos (editoriales, librerías y bibliotecas); quien arremete contra las colecciones de libros para destruirlos a través de diferentes procedimientos es, en efecto, un sujeto que se exhibe como destructor de libros, como un «biblioclasta» (Reitz, 2004: 69). Pero la biblioclastia de gran magnitud es aquella que se suscita en tiempos de guerra y de golpes de Estado, en estas contexturas no se limita al comportamiento destructor de un individuo, pues la operación para aniquilar material bibliográfico corre a manos comúnmente del aparato represor del Estado. En estos escenarios desoladores, la historia del libro nos enseña que las quemas públicas de libros y los bombardeos contra bibliotecas actúan biblioclastas intelectuales y biblioclastas materiales. Los primeros son aquellos que maquinan, traman y ordenan el libricidio; los segundos son los que ejecutan el plan devastador. Unos y otros actúan conforme a la política criminal que entraña terrorismo de Estado. 

La biblioclastia, como política destructiva del Estado, habitualmente se basa en la censura, la requisa y la depredación de libros, pero estos actos en sí no definen la atrocidad que comenten los biblioclastas. Estos individuos, bajo la égida del aparato represivo del Estado (policía, ejército; cárceles y cuarteles; jueces y tribunales) y orientados por el modus operandi de las ideologías fanáticas, supremacistas o hegemónicas, proceden a la quema pública de libros o al uso de armamento exclusivo de las fuerzas armadas involucradas en el conflicto para destruir, principalmente, los fondos de las bibliotecas. La censura obstaculiza las diferentes libertades públicas, como: la libertad de expresión, la libertad de acceso a la información, la libertad de prensa, la libertad de leer y otras, por lo que el trabajo de los censores es solamente la antesala para impulsar el encargo de destruir libros; la incautación de colecciones bibliográficas aparta, separa, oculta o traslada a otros sitios estos acervos, pero tampoco los destruye per se; el robo o la rapiña de libros perteneciente a diversas instituciones documentales no incurre, en el caos de cruentas disputas, al destrozo o exterminio de determinadas obras escritas. Por ende, estos actos no conceptúan la noción de biblioclastia, aunque pueden provocar estragos en algunos entornos bibliográficos. En razón de esto la palabra biblioclastia sigue infiriendo concretamente su etimología (del griego biblio., libro; klao, romper): destrucción de libros. 

Pensar en un significado más amplio en torno a la biblioclastia es estar de acuerdo, por ejemplo, que la naturaleza es en ocasiones biblioclasta, lo cual es un absurdo. La devastación de fondos bibliográficos a consecuencia de fenómenos naturales (huracanes, sismos, tsunamis, tornados y otros) o el destrozo de libros por cambios bruscos que produce la naturaleza no es biblioclastia porque estos daños sobre los documentos no son provocados por la acción humana. La biblioclastia es la serie de planes, métodos, procesos, políticas, prácticas y conductas humanas que apuntan hacia la destrucción de libros, entre otros acervos documentales, como periódicos y revistas. Por esto, la mezcolanza de actos naturales y humanos en relación con el término en cuestión es desacertado (Villarello, 2006). Lo que si es posible ampliar es la dimensión de la responsabilidad de salvaguardia que tiene el personal de biblioteca ante el peligro latente que existe cada año del daño que puede sufrir el material bibliográfico ante la eventual furia de la naturaleza. 

Ciertamente la administración tradicional de las bibliotecas no nos advierte sobre qué hacer para salvaguardar estos bienes comunes antes de que estalle un conflicto bélico y los biblioclastas comiencen a devastar la cultura bibliográfica en el contexto de las naciones que padecen el flagelo de la guerra. Tampoco esta administración nos indica cómo actuar para proteger las instituciones documentales una vez propinado un golpe de Estado. Por esto es de gran relevancia y pertinencia el estudio y análisis de la historia del libro y las bibliotecas en tiempos de guerra; así como de la historia de la toma repentina y violenta del poder político para implantar un gobierno de facto. Ambos contextos los podemos considerar, con propiedad, como sucesos de terrorismo absoluto de Estado. Los actos que atentan contra la integridad de la vida en general y de los recursos culturales en particular (mediante la actos de censura, de incautación de los bienes bibliográficos, de quema de libros, de depredación de acervos y de destrucción parcial o total de las bibliotecas) los políticos habitualmente los han justificado por razón de Estado, es decir, para aducir comportamientos de dudosa ética y prácticas tiránicas; o bajo el eufemismo daño colateral, término acuñado por el ejército de los Estados Unidos durante la guerra que sostuvo contra Vietnam entre 1955 y 1975, y que infiere “daño no intencional” o “daño accidental” de personas y bienes. Por esto, ambas expresiones tienen un significado negativo. 

El memoricidio, el libricidio, el bibliocausto y la biblioclastia son conceptos teóricos e históricos que el personal de biblioteca debe tener presente para estimular su cometido de salvaguardia en relación con el preciado acervo que conserva. Términos que están estrechamente vinculados con tres momentos políticos producidos por el ser humano: 1] las guerras de diferente variedad, intensidad, extensión y duración, 2] los golpes de Estado y 3] el establecimiento de dictaduras o gobiernos de facto. Trances que producen un fuerte terrorismo de Estado. Consecuentemente, la responsabilidad de salvaguardia del personal bibliotecario debe cultivarse con el conocimiento que nos ofrece la historia del libro y las bibliotecas en contexturas de extrema violencia estatal. Sin olvidar, por supuesto, la responsabilidad de salvaguardar las bibliotecas ante la impetuosidad de la naturaleza. 

Referencias

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FELIPE MENESES TELLO

Cursó la Licenciatura en Bibliotecología y la Maestría en Bibliotecología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Doctor en Bibliotecología y Estudios de la Información por la (UNAM). Actualmente es profesor definitivo de asignatura en el Colegio de Bibliotecología de la Facultad de Filosofía y Letras de UNAM. En la licenciatura imparte las cátedras «Fundamentos de Servicios de Información« y «Servicios Bibliotecarios y de Información» con una perspectiva social y política. Asimismo, imparte en el programa de la Maestría en Bibliotecología y Estudios de la Información de esa facultad el seminario «Servicios Bibliotecarios para Comunidades Multiculturales». Es coordinador de la Biblioteca del Instituto de Matemáticas de esa universidad y fundador del Círculo de Estudios sobre Bibliotecología Política y Social (2000-2008) y fue responsable del Correo BiblioPolítico que publicó en varias listas de discusión entre 2000-2010. Creó y administra la página «Ateneo de Bibliotecología Social y Política» en Facebook.