BIBLIOTECAS, SOCIEDAD Y ESTADO


  • Relação entre as bibliotecas, as ações dos profissionais que nelas atuam e o estado.

EL PARADIGMA PÚBLICO DE LA BIBLIOTECA PÚBLICA - XIX

La colonia en México, como organización política, social, económica, cultural e ideológica, durante los tres siglos que prolongó su estructura de explotación y dominación absoluta, se mostró inepta para crear las condiciones necesarias que permitiesen desarrollar bibliotecas públicas. Abatir la ignorancia, el atraso y la miseria mediante el acceso libre a centros educativos y bibliotecarios se percibió peligroso para los intereses de clase de los colonialistas. La sumisión de los colonizados debía asegurarse mediante mecanismos orgánicos y reguladores para así obstaculizar o impedir el acceso de los grupos subalternos a las formas más elevadas y refinadas de la cultura cristiana, entonces en auge.

 

El Imperial Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, ubicado en la ciudad de México y fundado (1536) por los franciscanos a pocos años después de haber sido implantada la colonia, fue una excepción de educación humanística dirigida a los hijos de los vencidos, pertenecientes principalmente a familiares de dignatarios indígenas. Contrario a los propósitos de la dominación colonial, ese colegio desarrolló, a juicio de Mathes (1982, p. 22), “la primera biblioteca académica de las américas”. Institución educativa que no duró mucho pues su decadencia comenzó a partir de la segunda mitad del siglo XVI. El argumento de que los indígenas no estaban preparados para formar parte del clero y el temor mostrado de educar a los nativos fueron las principales razones en que se apoyaron los detractores de ese colegio. Motivos que, desde otras aristas y circunstancias, se verían reflejados en el contexto académico de la Biblioteca Palafoxiana, a cargo nuevamente de “un prelado docto en humanidades y ducho en la política estatal” (Torre, 2006, p. 238).

 

Comencemos por analizar ahora la serie de procedimientos que el letrado Fabián y Fuero elaboró para llevar a buen fin, según sus criterios, el servicio de biblioteca en el entorno del Seminario Tridentino de Puebla, una de las instituciones de la alta cultura en la Nueva España. Aunque la idea de continuar soñando con una biblioteca de utilidad pública se obstaculizaría con las políticas de segregación que ese personaje determinó en el sentido de quienes debían tener el privilegio de acceder a las colecciones de aquel suntuoso espacio de conocimiento. Como el responsable de un cuerpo de normas para hacer funcionar el servicio de biblioteca en cuestión, se sabe:

 

Al momento de poner en servicio la nueva biblioteca, Fabián y Fuero promulgó los ordenamientos que regirían la conservación y uso de los libros. Éstos tienen por título Reglas y ordenanzas; constan de 20 incisos que resume, en algunos casos,  las antiguas disposiciones y, en otros, señalan nuevas. (Osorio, 1986, p. 184).  

 

En la parte introductoria de las Ordenanzas para el uso de la Biblioteca Palafoxiana, documento con fecha del 11 de marzo de 1773 (no confundir estas ordenanzas con las disposiciones que escribió en 1770), Fabián y Fuero se adhirió al ideario público de quien donara el fondo de origen  de ese centro bibliotecario al afirmar:

 

Hemos seguido en esto el espíritu de su incomparable fundador el V. Ilustrísimo y Excelentísimo señor don Juan de Palafox y Mendoza, cuyo infatigable celo no contento con sacar de cimientos y completar la obra de los expresados seminarios, les dio la prueba más expresiva de su amor en la donación que les hizo en utilizar del público de toda su librería, que siempre ha merecido y tenido justamente el renombre de biblioteca pública, y queriendo no sólo la conservación, sino también en cuanto sea posible el aumento en lo material y formal de esta obra tan importante y suntuosa, hemos resuelto poner la última mano con el establecimiento de las siguientes reglas y ordenanzas, bajo las cuales mandamos se gobierne inviolablemente esta biblioteca de nuestros seminarios a beneficio de éstos y del público. (Torre, 1960, p.59. Se destaca en cursiva el espíritu público).

 

La idea de servicio bibliotecario al público que adoptó formalmente en ese documento el obispo Francisco Fabián y Fuero es semejante a la de su predecesor Juan de Palafox y Mendoza, quien a distancia ha sido apreciado como un “intelectual y amigo de los libros” (Fernández, 2003, p. 41). Esta percepción coincide cuando se asevera: “Para  Palafox sus alhajas fueron los libros ya que vivió la pasión de leer, estudiar y escribir. Tuvo la mejor biblioteca, la “Palafoxiana” de su tiempo, voluminosa y selecta de obras en latín, castellano y francés que eran los idiomas que hablaba y escribía.” (García, 2011, p. 135). En este contexto bibliográfico armonizan tanto Palafox y Mendoza como Fabián y Fuero. Ambos connotados hombres de libros también concordarían respecto a la idea de que la biblioteca tuviese el funcionamiento de «servicio al público».

 

Por tanto la pauta de abrir al público el servicio de aquella majestuosa biblioteca continuó siendo una mera aspiración en el contexto de la vida social y política que protagonizó la autoridad religiosa de la ciudad de Puebla, pues la pretensión de beneficiar al público tropezó otra vez con la práctica de una administración que antepuso reglas que apuntaron más hacia la custodia y la conservación del acervo y recinto que hacia un genuino servicio al público. Las políticas de marginación o exclusión expresadas en ese documento regulador revelan también lo lejos que esa biblioteca religiosa estuvo en merecer, desde entonces, “el renombre de biblioteca pública”. Analicemos esas ordenanzas que evidencian lo inconexo e incoherente de esa fama extendida y aceptada erróneamente por algunos autores hasta el presente siglo (León Ham; León Ham; Romero Cora, 2009, p. 23, 29-30; Fernández, 2011, p. 147).

 

En efecto, Francisco Fabián y Fuero procuró reglamentar con particular énfasis el aseo de las colecciones y la limpieza del espacio que ocupaba la Biblioteca Palafoxiana, ya que las cláusulas II, III, IV, V, VI y IX de sus ordenanzas hizo expresa alusión a las tareas “de barrer la librería” y “sacudir el polvo a los estantes y libros”. Trabajo que debían realizar dos mozos o sirvientes previamente seleccionados, cuyo trabajo tenían que verificar dos bibliotecarios  dedicados a prestar servicio a los lectores. Los bibliotecarios, según el  inciso 1 de las ordenanzas, tenían que “ser dos eclesiásticos de instrucción, respeto y prudencia” y que hubiesen sido formados en los colegios a los que la biblioteca asistía. Ellos fueron, de “mucha aplicación e inteligencia” en relación con “el manejo de libros y noticias críticas de autores de todas facultades”, Francisco Vallejo y Eugenio García. Ambos colegiales y profesores de Sagrada Teología y Académicos de Bellas Artes, estatus que les permitió ser nombrados Catedráticos de Historia Literaria (Torre, 2006, p. 256). Riguroso requisito académico para poder ocupar la administración de la Biblioteca. Al respecto Fabián y Fuero dispuso en un escrito previo al de 1773:

 

[…] en Decreto de diecinueve de enero de este año [1770] establece su Real Magestad catedráticos de Historia Literaria, cuyo empleo consiste en la discreción y cuidado de las bibliotecas, en dar razón de los libros que contienen y de sus buenas o malas ediciones, en saber qué escritos son verdaderos y cuáles apócrifos; finalmente en saber formar una prudente crítica de cada autor. Hallándose en nuestro Real Seminario con una biblioteca muy abundante, pues contiene hoy cerca de ocho mil cuerpos de libros; y siendo constantes que una de las cosas más encomendadas por nuestro dignísimo antecesor el Ilmo. Excmo. y Ven. Siervo de Dios el señor Juan de Palafox y Mendoza es el que dicha biblioteca, de que hizo donación a estos colegios, esté con el mayor esmero y cuidado, por lo que dejó mandado que siempre hubiera a lo menos un bibliotecario, hemos determinado elegir dos con el título de Catedráticos de Historia Literaria. (Torre, 2006, p. 256).

 

Según lo dispuesto por aquel obispo, podemos inferir que el personal bibliotecario debía conocer el estado de arte de la producción bibliográfica para expresar puntuales y críticos razonamientos sobre el contenido de los libros. Procurando así contar con el personal de biblioteca que conociera la variedad de ediciones. De modo que el papel del bibliotecario inquisidor y erudito sería el eficaz complemento del bibliotecario custodio. El modelo palafoxiano del celoso vigilante del acervo debía no solamente de continuar, sino perfeccionarse hasta alcanzar un nivel aceptable de guarda y centinela en torno a esos fondos bibliográficos novohispanos. Esta clásica figura de bibliotecario siguió siendo, durante el siglo XVIII, la base administrativa para garantizar el absoluto cuidado tanto en materia de desarrollo de las colecciones como de la preservación de las mismas.

 

La salvaguardia física de los volúmenes, por parte de ese personal bibliotecario clerical, debió estar vinculada con el resguardo de las cualidades en cuanto a los contenidos de las ediciones, es decir, relacionada con la identificación de libros perniciosos para continuar con el buen desenvolvimiento de la fe católica. Había que separar los textos apócrifos, esto es, las obras atribuidas indebidamente a determinados autores; o que no estuviesen de acuerdo con el canon, esto es, con el elenco de los escritos bíblicos dominantes. Naturalmente el acervo espurio se mantendría oculto, apartado; en consecuencia el acceso a esas obras sería vedado y denegado a los lectores. Con esta política de censura, puesta en práctica por la autoridad bibliotecaria, pero por mandato y anuencia del obispo, pone aún más en entre dicho el renombre de biblioteca pública. Caro ideal que rondó, más en el papel que en los hechos, el funcionamiento de la Biblioteca Palafoxiana durante la colonia.

 

Referencias

 

Fernández de Zamora, Rosa María. (2011). Don Juan de Palafox y Mendoza, promotor del libre acceso a la información en el siglo XVII novohispano. Investigación Bibliotecológica. 25 (54): 141-157

 

León Ham, Adriana de; León Ham, Verónica de; Romero Cora, Miguel Ángel. (2009).  Carreño Velázquez,  Elvia. (Coord.). Juan de Palafox y Mendoza y su legado bibliográfico: catálogo comentado de impresos novohispanos de la Biblioteca Palafoxiana. México: Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México.

 

Mathes, Miguel. (1982). Santa cruz de Tlatelolco: La primera biblioteca académica de las américas. México: Secretaria de Relaciones Exteriores.

 

Osorio Romero, Ignacio. (1986). Historia de las bibliotecas novohispanas. México: SEP, Dirección General de Bibliotecas.

 

Torre Villar, Ernesto de la. (1960). Nuevas aportaciones acerca de la Biblioteca Palafoxiana. Boletín de la Biblioteca Nacional. 2ª época, 11 (1): 35-66

 

----------. (2006). Seminario palafoxiano de Puebla: nóminas de maestros y alumnos (1651 y 1770).  Anuario de Historia de la Iglesia. 15: 237-258

 


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FELIPE MENESES TELLO

Cursó la Licenciatura en Bibliotecología y la Maestría en Bibliotecología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Doctor en Bibliotecología y Estudios de la Información por la (UNAM). Actualmente es profesor definitivo de asignatura en el Colegio de Bibliotecología de la Facultad de Filosofía y Letras de UNAM. En la licenciatura imparte las cátedras «Fundamentos de Servicios de Información« y «Servicios Bibliotecarios y de Información» con una perspectiva social y política. Asimismo, imparte en el programa de la Maestría en Bibliotecología y Estudios de la Información de esa facultad el seminario «Servicios Bibliotecarios para Comunidades Multiculturales». Es coordinador de la Biblioteca del Instituto de Matemáticas de esa universidad y fundador del Círculo de Estudios sobre Bibliotecología Política y Social (2000-2008) y fue responsable del Correo BiblioPolítico que publicó en varias listas de discusión entre 2000-2010. Creó y administra la página «Ateneo de Bibliotecología Social y Política» en Facebook.