BIBLIOTECAS, SOCIEDAD Y ESTADO


  • Relação entre as bibliotecas, as ações dos profissionais que nelas atuam e o estado.

LA RESPONSABILIDAD DE ALFABETIZAR DEL PERSONAL BIBLIOTECARIO

Pensar en analfabetos y alfabetizados implica continuar trabajando en pro de la alfabetización universal, es decir, a favor de quienes aún carecen de las habilidades de saber leer, escribir y calcular numéricamente. La alfabetización en la infancia y la alfabetización en la vida adulta, categorías tratadas comúnmente de manera separada (Wagner, 1998: 10), continúan siendo serios desafíos para los diferentes profesionales (maestros, pedagogos, bibliotecarios) involucrados en el mundo de la educación formal e informal, en la esfera de la educación para toda la vida. Por ende, las escuelas y las bibliotecas son las principales instituciones sobre las que recae la responsabilidad de alfabetizar; y la didáctica como parte de la pedagogía, y la biblioteconomía como rama de la bibliotecología, son las disciplinas esenciales que, desde el conocimiento teórico-práctico, pueden auxiliar a quienes realizan tareas de alfabetización. 

Si la educación, desde la perspectiva del célebre pedagogo Paulo Freire (1984: 77), es: 1] instrumento de reproducción de la ideología dominante, y 2] método de acción transformadora revolucionaria, entonces el proceso de alfabetizar, como acto de enseñar y aprender a leer y escribir, tiene un preponderante potencial político. En este sentido, la alfabetización, desde sus diversas acepciones y dimensiones de estudio y análisis, de teoría y práctica, es una acción política porque la acción educativa es en esencia política. Consecuentemente, no nos asombre admitir que las escuelas y las bibliotecas, como instituciones sociales, cumplen objetivos políticos; y que, correlativamente, el personal docente y bibliotecario son sujetos políticos. Y como sucede en el plano de la práctica escolar, en el terreno de la práctica bibliotecaria los mecanismos y las conductas son o pueden ser de dominación o liberación. En el proceso que implica labores de alfabetización este doble perfil evidencia también el espectro de la sumisión, por un lado, o la causa de la emancipación, por el otro. En este orden de ideas, el trabajo de alfabetización no es neutral, como tampoco son neutrales los sujetos (maestros y bibliotecarios) que lo llevan a cabo en el marco de las instituciones de educación e información documental, tales como las escuelas y las bibliotecas. Por lo tanto, no debemos pasar inadvertido el hecho que reconoce que el quehacer de alfabetizar, como acción cultural, “está al servicio de la dominación o lo está al servicio de la liberación de los hombres” (Freire, 1970: 233).

La verdadera responsabilidad de apoyar el trabajo de alfabetización, por parte del personal bibliotecario, consiste no solamente en ayudar a que los analfabetos aprendan a leer y escribir, sino que ellos, durante el proceso de alfabetización, se perciban como sujetos en situación de avasallamiento, para que una vez alfabetizados logren transformar la realidad del mundo de opresión en el que viven. Si es que la responsabilidad de alfabetizar que nos ocupa comienza por entender cabalmente que el proceso de alfabetización es o puede ser una práctica para favorecer la dominación imperante o la práctica para estimular la libertad, la igualdad, la equidad y la justicia social. Si es que la responsabilidad de alfabetizar no se limita a las coordenadas de la práctica educativa progresista, en tanto hace falta también reflexionar sobre la necesidad de poner en marcha programas y proyectos inherentes a la práctica bibliotecaria progresista. Con base en este perfil, resulta relevante el punto de vista de Freire (1984: 108): “La compresión crítica de la alfabetización, que incluye la comprensión igualmente crítica de la lectura, exige una compresión crítica de la biblioteca”. En razón de esto, la biblioteconomía crítica en América Latina debe enseñarse en las escuelas dedicadas a formar personal bibliotecario profesional con miras a llevarla a la práctica. 

El persona bibliotecario conservador, reproductor del status quo, es común que se incline, consciente o inconscientemente, por el trabajo de alfabetización para que el estado de opresión continúe intocable, favoreciendo así a las clases dominantes. En tanto el personal bibliotecario progresista reflexiona y actúa, con plena conciencia social, para ayudar a alfabetizar con el fin de provocar cambios sociales en beneficio de las clases subalternas. No obstante, tanto para la comunidad bibliotecaria conservadora como para comunidad bibliotecaria progresista, la alfabetización es una bandera social de lucha, pero con objetivos políticos diferentes. La primera se centra en el reconocimiento hegemónico de los valores de las élites; la segunda se basa en la observación de los valores populares. Así, en el terreno dialéctico que implica alfabetizar, se favorece o se objeta, por un lado, la gramática (sintaxis, prosodia, ortografía), el vocabulario y el pensamiento de los grupos sociales dominantes; por el otro, se apoya o rechaza la gramática, el léxico y el razonamiento de los grupos sociales populares. De tal modo que el trabajo de alfabetización puede revelar las tramas sociales, políticas, culturales e ideológicas entre opresores y oprimidos. Freire (1996: 47 y 61-62) es claro en este sentido. 

Entonces, desde una perspectiva dialéctica y no meramente simétrica una es la alfabetización que interesa a las clases dominantes, y otra la alfabetización que mueve a las clases dominadas. Una estimula la memorización, la otra incita la generación del pensamiento crítico. Una se basa en la lectura de textos enajenantes, carentes de conocimiento crítico del contexto social; la otra se basa en procesos de lectura y escritura que convoca a pensar críticamente la realidad. En el marco de la alfabetización alienante los analfabetos se consideran como «objetos»; en el de la alfabetización crítica ellos se reconocen como «sujetos». 

Si las bibliotecas desempeñan la función de educación, entonces al personal bibliotecario le corresponde también colaborar en la lucha contra el analfabetismo. En efecto, el trabajo que entraña alfabetización no puede avanzar satisfactoriamente sin libros y bibliotecas. Recursos concretos que, bajo la responsabilidad del personal bibliotecario, resultan ser algunos de los medios materiales para solucionar el grave problema del analfabetismo. La meta socio-política del personal bibliotecario que asume la responsabilidad de alfabetizar es: estimular el aprendizaje a leer y escribir para cambiar el mundo mediante los textos de lectura disponibles a través de los servicios que brinda para tal efecto. En tiempos que la relación entre «bibliotecas y alfabetización» se apreció como un componente esencial del nexo «bibliotecas y educación», se dedujo: 

La biblioteca necesita estar perfectamente identificada con los programas de alfabetización e interiorizada de su contenido, y los bibliotecarios que a ella sirvan deben tener un amplio sentido de la función social y educativa que le es propia. Para ello es necesario indagar cuáles son los requerimientos de la comunidad en materia bibliográfica, qué grado de alfabetización se ha logrado, cuáles son los intereses más urgentes de los nuevos alfabetizados (Casa, 1974: 54).

La práctica de alfabetizar adultos apunta hacia la necesidad política de formar una ciudadanía capaz de participar social y políticamente dentro de un Estado democrático de derecho. Pensar en la alfabetización como formadora de ciudadanía, implica reconocer el influjo que han tenido y tienen, por ejemplo, las bibliotecas públicas, populares y comunitarias. El analfabetismo absoluto no es el único obstáculo para contar con una ciudadanía capaz de leer y escribir; el analfabetismo funcional, categoría que salió a la luz entre 1950-1960, es también considerada una barrera real que impide tener una ciudadanía informada, capaz de conocer y gozar de los derechos a los que las personas pueden aspirar en su condición ciudadana, incluido el derecho de tener deberes ciudadanos. En este entorno podemos colocar la posición crítico-democrática de la biblioteca popular” (Freire, 1984: 121), así como la pública y la comunitaria. Instituciones de servicios gratuitos y espacios formalmente abiertos a todos los grupos de la sociedad. 

En la perspectiva histórica de la alfabetización en nuestro continente, las campañas masivas realizadas en las décadas de 1960, 1970 y comienzos de los 1980s el escenario fue de carácter revolucionario. Periodos en que se sumó la voluntad política del Estado y la movilización del pueblo para alfabetizar a las masas. Ejemplo en estas coordenadas revolucionarias fueron los logros alcanzados en Cuba (Ares, 2000; Pérez, 2001; Pérez, 2011, Montalbán, 2011) y Nicaragua (Lammerink, Rippen, Wael, 1988; Lammerink, Prinsen, G., Blanca de Diego, M., 1991). Estas campañas siguen siendo un paradigma internacional en materia de educación social. No son simples referentes históricos de la educación en el plano de la alfabetización de esos pueblos, sino exponentes de hazañas populares para poner fin al analfabetismo en esas latitudes. 

Ante el arduo trabajo que se ha continuado realizando en América y el Caribe en materia de alfabetización, el personal bibliotecario no debería pasar inadvertida su responsabilidad de mantenerse informado sobre los diversos programas de alfabetización y postalfabetización que se continúan llevando a cabo. Asimismo, los responsables de esos proyectos de educación popular deberían tener más en cuenta la ayuda que para tal efecto pueden y deben proporcionar las bibliotecas públicas, escolares y nacionales de sus respectivos países. Una muestra de lo que se hizo en las primeras décadas del siglo que transcurre sobre estos asuntos es la obra Alfabetización y educación: lecciones desde la práctica innovadora en América Latina y el Caribe (Infante y Letelier, 2013). Es inadmisible que en la planificación y el desarrollo de programas como el “Yo, sí puedo” de Cuba, Saber para poder de Haití y Lee y Escribe de Uruguay, entro otros, los alfabetizadores, educadores, facilitadotes, mediadores y promotores no contemplen que el personal bibliotecario puede y debe participar para auxiliarlos, por un lado, y que quienes hacen funcionar las instituciones bibliotecarias aludidas no se comprometan en participar, por el otro. 

Ambas partes deben tener en cuenta que las bibliotecas para todos son o pueden ser espacios comunitarios para que los analfabetos se inicien en los ejercicios de la lectura y la escritura, propios en todo trabajo de alfabetización y postalfabetización, así como en la perspectiva que sugiere educación permanente. En el contexto de las experiencias de alfabetización no basta que se incluyan las tecnologías de información y comunicación como recursos educativos. Es indispensable que también figuren las bibliotecas como entornos letrados que permiten el acceso democrático a la cultura escrita y pública, impresa y electrónica, previamente seleccionada y organizada. La alfabetización es un derecho humano y un deber del Estado que tiene que cumplir a través de sus instituciones públicas, entre ellas las escolares y bibliotecarias, pues: 

El aprendizaje de la lectura y escritura requiere tiempo y es complejo; es necesario considerar los estilos cognitivos y las estrategias que las personas han desarrollado para moverse en el mundo letrado. Por lo mismo, la construcción responsable de políticas de alfabetización y educación de adultos, debe considerar que la superación del problema requiere de estrategias de largo plazo. En esa estrategia se debe tener en cuenta que el analfabetismo no se podrá superar, mientras al lado de cada comunidad organizada no exista una escuela de calidad accesible a todas y todos, sistemas locales de protección del derecho a la educación en el momento oportuno, mecanismos de reinserción escolar, programas educativos para afianzar los aprendizajes básicos vinculados a la vida de jóvenes y adultos, bibliotecas públicas, oportunidades de acceso a los nuevos medios de comunicación. Solamente así se podrán disminuir al mínimo los riesgos de seguir teniendo, de forma indefinida, el problema del analfabetismo (Infante y Letelier, 2013: 114).

Sin duda, la importancia del trabajo bibliotecario para apoyar el ingreso y la permanencia en el mundo de la cultura escrita es una responsabilidad que no hay que ignorar, omitir, olvidar o simplemente hacer de lado en aras de lo que se conoce, a partir de las décadas de los ochenta y noventa del siglo XX, como alfabetización en información en contextos digitales. Tendencia que ha estado apuntando a favorecer a grupos privilegiados de la sociedad de la información para lograr habilidades en relación con el conocimiento, el manejo y el uso de los recursos electrónicos que almacenan grandes cantidades de acervos documentales. Grupos tales como estudiantes, profesores, académicos y científicos. 

La base de la sociedad de la información es la población alfabetizada en materia de lectura, escritura y cálculo numérico para evitar el rezago, la marginación y la vulnerabilidad de las masas; la columna son los grupos sociales alfabetizados para lograr destrezas que les permita buscar, localizar, evaluar, utilizar y crear información con la intención de alcanzar objetivos personales, sociales y políticos. La responsabilidad de alfabetizar que ha sido tratada por ahora es en torno a la base, no a la columna. En este sentido, esta responsabilidad está relacionada con la noción de educación popular, la cual “se refiere a una aproximación de educación alternativa, dirigida a los cambios de la sociedad y a la organización de actividades educativas por y para las bases de la sociedad”; desde esta perspectiva, este tipo de educación no olvidemos que “esta dirigida al proceso de concientización de los grupos oprimidos y la transformación de sus condiciones de vida” (Lammerink, Prinsen, G., Blanca de Diego, M., 1991: 91). Contexto educativo en el que el concepto de biblioteca popular podría hoy en día cobrar un gran potencial cultural, social y político, pues: “Hablar de alfabetización de adultos y de bibliotecas populares es hablar, entre muchos otros, del problema de la lectura y la escritura” (Freire, 1984: 108).

 

Referencias

Ares Valdés, G. (2000). Alfabetización en Cuba: historia y testimonios. La Habana: Editora Política. 

Casa Tirao, B. (1974). Servicios bibliotecarios y alfabetización. En Bibliotecas y educación (pp. 51-58). México: Centro para el Estudios de Medios y Procedimientos Avanzados de la Educación. 

Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. México: Siglo XXI Editores.

---------------. (1984). La importancia de leer y el proceso de liberación. México: Siglo XXI Editores.

---------------. (1996). Política y educación. México: Siglo XXI Editores. 

Infante, M. I., Letelier, M. E. (2013). Alfabetización y educación: lecciones desde la práctica innovadora en América Latina y el Caribe. Chile: Oficina Regional de Educación para América Latina y el Caribe, Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura. 

Lammerink, M., Rippen, J., Wael, L. (1988). Lápices, herramienta de lucha: educación popular en Nicaragua. México: Claves Latinoamericanas. 

Lammerink, M. P., Prinsen, G., Blanca de Diego, M. (1991). Educación popular en Nicaragua: un proceso en marcha desde la educación formal. Intervenção social. (5-6), 87-99 

Montalván Lamas, O. (2011). Cuba, territorio libre de analfabetismo. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales.

Pérez Cruz, F. J. (2001). La alfabetización en Cuba: lectura histórica para pensar el presente. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales.

---------------. (2011). La Campaña Nacional de Alfabetización en Cuba, Varona: Revista Científico-Metodológica. 53, 10.23.

Wagner, D. A. (1998). Alfabetización: construir el futuro. París, Francia: Oficina Internacional de Educación, Organización de las Naciones Unidas.


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FELIPE MENESES TELLO

Cursó la Licenciatura en Bibliotecología y la Maestría en Bibliotecología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Doctor en Bibliotecología y Estudios de la Información por la (UNAM). Actualmente es profesor definitivo de asignatura en el Colegio de Bibliotecología de la Facultad de Filosofía y Letras de UNAM. En la licenciatura imparte las cátedras «Fundamentos de Servicios de Información« y «Servicios Bibliotecarios y de Información» con una perspectiva social y política. Asimismo, imparte en el programa de la Maestría en Bibliotecología y Estudios de la Información de esa facultad el seminario «Servicios Bibliotecarios para Comunidades Multiculturales». Es coordinador de la Biblioteca del Instituto de Matemáticas de esa universidad y fundador del Círculo de Estudios sobre Bibliotecología Política y Social (2000-2008) y fue responsable del Correo BiblioPolítico que publicó en varias listas de discusión entre 2000-2010. Creó y administra la página «Ateneo de Bibliotecología Social y Política» en Facebook.