BIBLIOTECAS, SOCIEDAD Y ESTADO


  • Relação entre as bibliotecas, as ações dos profissionais que nelas atuam e o estado.

DOCUMENTACIÓN INDÍGENA PREHISPÁNICA, EDUCACIÓN Y ESTADO

Los conocimientos en varias ramas (botánica, zoología, medicina, matemáticas, arquitectura, astronomía, agricultura, geografía, etcétera) del saber humano que cultivaron los aztecas-mexicas-tenochcas, y otras civilizaciones mesoamericanas anteriores o coetáneas (olmecas, toltecas, mayas, mixtecos, zapotecos, etcétera), revela el avance intelectual de una cultura autóctona que con el tiempo se esforzó por preservar la memoria del pasado para forjar así la integración de pueblos civilizados. Esto infiere la riqueza intelectual elaborada en el seno de importantes Estados indígenas, basada en técnicas y métodos educativos. Consideremos, por ejemplo, la dimensión de una estructura estatal en donde se aprecia el origen de la civilización náhuatl, el nacimiento de la autoridad política y el esplendor de los emblemas del poder político que proyectara un gran legado cultural prehispánico:

 

En Tollán-Teotihuacán la riqueza acumulada por el Estado apoyó la formación de un estrato diversificado de expertos: sacerdotes, astrónomos, agrónomos, arquitectos, administradores, militares, sabios y escribas, que se dieron a la tarea de componer una suerte de gran enciclopedia de la geografía, la flora y la fauna del territorio y produjeron un caudal de conocimientos especializados sobre astronomía, las matemáticas, la agricultura, los sistemas de irrigación o la arquitectura. Estos expertos acometieron también la tarea de crear talleres donde acendraron los secretos para confeccionar las diversas artes y oficios. Este cúmulo de saberes se perfeccionó en escuelas y grupos de especialistas que convirtieron a Teotihuacan en la metrópoli de las ciencias y las artes. (Florescano; 2004, p.91).

 

Fue un centro urbano, como se puede argüir, educado para enaltecer el conocimiento y cuyo esplendor aconteció entre los siglos II y VI de esta era y que por mucho tiempo se confundió con la ciudad Tollán-Xicocotitlán (conocida como Tula), antiguo emplazamiento también del poder político del Estado tolteca pero que floreció más tarde, esto es, entre los siglos IX y XI de nuestra era. La Tollán prístina sería la capital política donde se creó parte fundamental de la memoria indígena precolombina y en donde dominó la expresión plástica del mundo mesoamericano, brillando así la sabiduría y el poder. Primera urbe del Altiplano Central que, ulterior a los olmecas, constituyó el corazón del pensamiento de las posteriores culturas de Mesoamérica, incluida la no menos legendaria Tollán-Xicocotitlán. De tal manera que el punto de vista histórico innovador respecto a fulgor teotihuacano asevera: 

 

[...] el reino de Tollán es la imagen de la civilización y la abundancia. Los toltecas son los inventores del registro del tiempo y de las artes adivinatorias, los expertos en el conocimiento de las plantas, la religión y los libros pintados. Los pobladores de Tollán son los renombrados artífices de la escultura, arquitectura, orfebrería, pintura, lapidaria, plumería, tejido, música. (Florescano; 1999, pp. 59-60).

 

La institución documental indígena en el contexto del mundo azteca y maya, por mencionar tan sólo dos de las culturas mesoamericanas más relevantes, no estaba adherida al poder del Estado en abstracto sino al poder que entrañó desde entonces el proceso de la enseñanza-aprendizaje, esto es, de la educación. En el mundo náhuatl prehispánico, el término ixtlamachiliztli (acción de dar sabiduría a los rostros ajenos) constituyó la raíz del sentido y la finalidad del concepto náhuatl de lo que hoy concebimos como educación, o su equivalente, la tlacahuapahualiztli (el arte de criar y educar a los hombres). Así, la percepción de las unidades escritura-libro por un lado, y la de educación-Estado por el otro, se evidencian cuando se asevera que el hacedor de códices o libros indígenas:  “El tlacuilo o tlacuiloani, escriba-pintor, estaba rodeado de una gran consideración, ya trabajara para los templos, para la administración de justicia o para el gobierno.” (Soustelle; 1970, p. 229), es decir, el tlacuilo, quien había aprendido la difícil tarea de “escribir pintando” en las instituciones nativas responsables de la ixtlamachiliztli, se ocupaba para realizar las diferentes actividades destinadas a hacer funcionar el aparato de ciudad-Estado. Desde esta perspectiva, en ese contexto histórico antiguo, se aprecia la función educativa que desempeñaron los espacios destinados a la conservación y uso de la literatura indígena, de los códices jeroglíficos.

 

Empero la educación náhuatl prehispánica no se limitó solamente a la “acción de dar sabiduría a los rostros”, sino también “hacer firmes los corazones” de mujeres y hombres. Consecuentemente en el marco de esa educación, rostro y corazón (in ixtli, in yóllotl) simboliza un cuerpo cognitivo-moral del ser humano. Es decir, se trataba  de trasmitir, desde edad temprana, saber que se trasmitiera a los rostros ajenos e inculcar principios esenciales que permitiesen engendrar firmeza a los corazones. En este sentido, la yolmelahualiztli, término que se puede traducir como la “acción de enderezar los corazones”, complementó el ideal supremo de su educación, esto es, la  ixtlamachiliztli o la tlacahuapahualiztli, misma que “no se limitaba a la capacitación de un oficio o de un arte, sino a la enseñanza de los valores morales y éticos de la comunidad” (Díaz Infante; 1992, p. 41) y del individuo. Si es que la educación en los contornos de la civilización azteca:

 

[...] está a la altura de los mejores sistemas pedagógicos, ya que cumple con todas las normas que se necesitan para un claro y noble desarrollo del individuo y, por consiguiente, de la comunidad. Incorpora a los seres humanos a la vida y les imprime los objetivos supremos de la sociedad.

Con este sistema los conocimientos  eran trasmitidos en forma ligada y pertinente a los momentos cotidianos. Por lo tanto, la educación era activa e integral, porque no se limitaba a la instrucción o capacitación parcial de algún tema, sino que era multidisciplinaria a fin de comprender en su totalidad las múltiples necesidades de un hombre para resolver su vida. (Díaz Infante; 1992, p.40).

 

De tal suerte que el arte de «formar rostros sabios y dar fortaleza a los corazones» fue el ideal esencial, la misión fundamental de lo que se concibió como educación plena entre los pueblos prehispánicos de México. Para enderezar corazones torcidos y así forjar espíritu y personalidad, para conservar estilos de vida despojados de lacras, para dar claridad al pensamiento respecto a sus valores espirituales y materiales que merecen permanencia, para trasmitir de generación en generación los avances obtenidos mediante el quehacer cultural, para lograr madurez intelectual y profundidad en sus conceptos, para inculcar amor a la tierra y respeto por la naturaleza, para aprender un gran sentido de la familia y del grupo humano, en fin, para heredar los mejores conocimientos realizados en beneficio de la sociedad, así como para alcanzar, con dura disciplina y fuerza de voluntad, los altos objetivos del Estado, fue menester crear instituciones educativas que además propiciaran un rico desarrollo en materia de cultura documental:

 

En México-Tecnochtitlan existían escuelas, llamadas techpulcalli, para todos los niños y jóvenes, y otras, los calmécac, donde se formaban los sacerdotes, los futuros gobernantes, los jueces, sabios y maestros. En los calmécac y en los templos y palacios existían los amoxcalli o casas de libros. Allí se escribían, pintaban y conservaban los códices que, a su vez, constituían el apoyo de la educación y de la memorización de los cantos, plegarias, relatos y discursos. (León–Portilla; 1992, p. 30).

 

Percibimos así que la educación en el universo azteca, como en otras civilizaciones prehispánicas del México antiguo, para la transmisión, el aprendizaje y la memorización del patrimonio cultural puso en acción los recursos documentales necesarios, entre ellos los códices pictográficos, en los que se plasmó en parte la ideología que perpetuó el dominio político-religioso de las élites que habitaron Mesoamérica. El cometido de esos libros fue legitimar la memoria respecto a los actos de la dinastía gobernante. Poder central que unificó, a través de la relación libros-escuelas, los más diversos conocimientos en un discurso que comprendió las diversas esferas del mundo humano y sobrenatural. Escuelas en donde se instruía en el manejo diestro del saber autóctono que requirió de técnicas y conocimientos especializados.         

 

En las mismas coordenadas de tiempo y espacio, el análisis antropológico referente a la relación hombre-sociedad en general, y hombre-educación en particular, vislumbra no solamente la complejidad y la organización de la instrucción que logró alcanzar la civilización azteca, sino que también narra el cómo y por qué los espacios educativos se convirtieron en actores prioritarios del Estado azteca de Tenochtitlan: 

 

Había dos escuelas: el telpuchcalli o casa de los jóvenes, para el adiestramiento corriente, y el calmécac, palabra de etimología incierta, para el adiestramiento en los deberes sacerdotales. El telpuchcalli, sostenido por el clan para los hijos de sus miembros, enseñaba civismo, el empleo de las armas, las artes y oficios, historia y tradiciones, y la obediencia a las normas religiosas comunes. El calmécac tenía el carácter de un seminario para impartir enseñanza especial en deberes sacerdotales y de mando, y varios de ellos estaban cerca de los templos de los dioses importantes. El calmécac parece haber sido un complemento de la educación ordinaria impuesto por el desarrollo del rito, en tanto que el telpuchcalli impartía instrucción en edificios especiales, y en un modo sencillo, los ancianos del clan. Otras escuelas preparaban a las jóvenes para ser sacerdotisas, quienes también aprendían a tejer hábilmente y a hacer trabajos de pluma para vestiduras sacerdotales. (Vaillant; 1973, p. 98).  

 

Al aprendizaje de los cantares y las danzas se le prestó particular atención, pues  además de los techpulcalli (o techpulcalli, telpuchcalli)  y los calmécac se sabe  “[...] que funcionaban también entre los nahuas las cuicacalli, en las que se enseñaba a los jóvenes el canto, la danza y la música. (León-Portilla; 1980, p. 180). Estas “casas de canto” se caracterizaban por su severidad en tanto que sus maestros perseguían impartir conocimientos que les permitiera a sus alumnos formar «un rostro y un corazón firme como la piedra» (León- Portilla; 2005, p. 192). En gran medida la educación entonces estuvo relacionada con el culto a los dioses, pues comprendía la formación destinada a servir en los templos, a predicar los diversos consejos al pueblo, a manejar los libros pintados.

 

El papel de las escuelas prehispánicas aparece asociado así con la autoridad que desempeñaba las funciones políticas, religiosas y militares. En suma, instituciones articuladas con la función de gobernar asuntos del Estado. El nexo educación y Estado se debe porque la documentación indígena y todo lo que ella implicó (escrituras, libros y bibliotecas en la esfera autóctona) estuvo inextricablemente mezclada a la cronología, a los calendarios, a la visión del  mundo, a la religión, al registro de conquistas, al control impuesto de tributos, a la mentalidad de la vida civilizada, al canon que conformó las tradiciones culturales. En suma, a los símbolos del poder político que unió el brillo intelectual con el esplendor del culto religioso.

 

 

Bibliografía 

 

Díaz Infante, Fernando. (1992). La educación de los aztecas. México: Panorama Editorial.

 

Florescano, Enrique. (2004). Quetzalcóatl y los mitos fundadores de Mesoamérica. México: Taurus.

 

---------------. (1999). Memoria indígena. México: Taurus.

 

León-Portilla, Miguel.  (2005). Aztecas-Mexicas: desarrollo de una civilización originaria. Madrid: Algaba Ediciones.

 

---------------. (1992). Literaturas indígenas de México. México: Fondo de Cultura Económica, MAPFRE.

 

---------------. (1980). Toltecáyotl: aspectos de la cultura náhuatl. México: Fondo de Cultura Económica.

 

Soustelle, Jacques. (1970). La vida cotidiana de los aztecas en vísperas de la conquista. México: Fondo de Cultura Económica. 2nd ed.

 

Vaillant, George C. (1973). La civilización azteca: origen, grandeza y decadencia. 2nd. Ed. México: Fondo de Cultura Económica.


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FELIPE MENESES TELLO

Cursó la Licenciatura en Bibliotecología y la Maestría en Bibliotecología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Doctor en Bibliotecología y Estudios de la Información por la (UNAM). Actualmente es profesor definitivo de asignatura en el Colegio de Bibliotecología de la Facultad de Filosofía y Letras de UNAM. En la licenciatura imparte las cátedras «Fundamentos de Servicios de Información« y «Servicios Bibliotecarios y de Información» con una perspectiva social y política. Asimismo, imparte en el programa de la Maestría en Bibliotecología y Estudios de la Información de esa facultad el seminario «Servicios Bibliotecarios para Comunidades Multiculturales». Es coordinador de la Biblioteca del Instituto de Matemáticas de esa universidad y fundador del Círculo de Estudios sobre Bibliotecología Política y Social (2000-2008) y fue responsable del Correo BiblioPolítico que publicó en varias listas de discusión entre 2000-2010. Creó y administra la página «Ateneo de Bibliotecología Social y Política» en Facebook.