BIBLIOTECAS, SOCIEDAD Y ESTADO


  • Relação entre as bibliotecas, as ações dos profissionais que nelas atuam e o estado.

EL PARADIGMA ANTIGUO DE LA BIBLIOTECA PÚBLICA

Este paradigma se desarrolló en el mundo de las culturas clásicas de Grecia y Roma. No se conoce la existencia de espacios bibliotecarios públicos en tiempos anteriores a la vida social de esa civilización grecorromana. Esto sugiere que la posición intelectual que alcanzaron aquellos pueblos, en relación con su nivel de educación y su formación cívica, fueron las bases sobre las que se constituyeron las primeras bibliotecas públicas. Al referirnos a esta naturaleza de espacios se sabe que tuvieron que pasar muchos siglos para que comenzaran a existir, es decir, para que se decidiera crear el servicio público de biblioteca, para abrir las puertas a una mayor comunidad “de lectores de todo tipo y de todos los gustos”; así que esta “clase de biblioteca tuvo que esperar hasta la llegada de los griegos”, pues ellos “fueron un pueblo dotado de las bases necesarias para hacerlo posible: un elevado nivel de cultural y la pasión por el trabajo intelectual” (Casson, 2003, p. 29). En efecto, los avances (en filosofía, historia, arte dramático, geografía, etcétera)  que se produjeron a partir del siglo IX a C. en la antigua Grecia fueron preparando el terreno para instituir la contraposición de la biblioteca privada. Desde este punto de vista, se afirma: “Con el tiempo, aquellos logros dieron vida a un producto colateral: la biblioteca progenitora de la actual”. (Casson, 203, p. 30).

 

Respecto del entorno griego se afirma que “[...] Pisístrato fundó en Atenas en el siglo IV (A. J.) [330 a. C] la primera biblioteca pública y se ocupó en reunir y copiar las obras de Homero, que hasta entonces sólo se habían conservado en la memoria de los rapsodas”. (Iguiniz, 1998, p. 122); mientras que en otra fuente se afirma: “La primera biblioteca pública de Atenas data del año 350 A. J. y fue fundada por Licurgo para conservar los textos de los creadores del teatro clásico”. (Buonocore, 1976, p. 74). Conforme a las fechas, no fue solamente la primera biblioteca pública de aquella ciudad-estado de Grecia, sino la primera biblioteca de esta naturaleza que se inauguró en el antiguo mundo. Más aún, no fue casualidad que en Atenas, siendo la cuna de la democracia, se haya construido por primera vez una biblioteca abierta a todos los ciudadanos; como tampoco fue una eventualidad que esta especie de institución cultural la crearan políticos e intelectuales atenienses de renombre. Por ejemplo, Pisístrato fue militante del partido que representaba los intereses populares, constructor de obras públicas y uno de los siete sabios de Grecia; a Licurgo, notable legislador de Esparta, se le atribuye el principio de la subordinación de todos los intereses privados al bien público, concepto que denotaría desde entonces toda cosa que pertenece y es proveído por el Estado.         

 

Por lo que se refiere a Roma se sabe que:

 

[...] fue [Cayo] Asinio Polión quien en el año 39 [a.] J. C.  estableció la primera biblioteca pública en el atrio del templo de la libertad. Poco más tarde el emperador Augusto creó otras dos en el templo de Apolo y en el pórtico de Octavio. Se calcula que Roma poseía a fines del siglo IV alrededor de treinta establecimientos de lectura general, todos ellos puestos bajo la administración general de un funcionario que se denominaba procurator de bibliotecas. (Buonocore, 1976, p. 75).

 

El trasfondo histórico de esos primigenios centros bibliotecarios se caracteriza por la visión que tuvieron algunos hombres influyentes de la época. La construcción de bibliotecas públicas si bien favorecería la vida cultural de los griegos y los romanos, los motivos, por parte de quienes decidían edificarlas, debieron ser tanto para adquirir el apoyo político deseado como para lograr el prestigio indispensable en los cargos públicos. Así, esas bibliotecas fueron, por un lado, objetos de lucha por el poder y, por el otro, subvencionadas como obras públicas en el ámbito del trabajo programático de la acción gubernamental.

 

Es razonable pensar que aquellas bibliotecas públicas de Grecia y Roma fueron moldeadas por los acontecimientos ocurridos en torno de propuestas democráticas y republicanas. En esta perspectiva, esos espacios, dedicados desde aquel tiempo al servicio público para el provecho y el disfrute de la lectura, debieron estar articulados si no directamente con la participación política activa por parte de los ciudadanos, sí con el bien de la comunidad política a la que Aristóteles llamó «ciudad». En razón de esto podemos sugerir que esas bibliotecas se distinguieron por ser útiles a la vida política, es decir, a la vida ciudadana, al bienestar colectivo. Así, las bibliotecas destinadas como servicio público fueron un bien político para asistir a quienes habitaban, en forma libre, la ciudad.

 

Las bibliotecas públicas fueron, en el contexto del sistema político de la república (del latín res publica, «la cosa pública, lo público») de esos tiempos, una manifestación de la conservación de los derechos de acceso a la cosa pública; una expresión de servicio para la común utilidad; debió ser, por ende, una institución de interés para la vida política de los ciudadanos, consecuentemente, para el provecho de la democracia y que, por tanto, debían procurar quienes administraban la república. La lectura en aquel tipo de recintos sería pertinente al beneficio de los hombres porque les permitió instruirse para que fueran mejores ciudadanos, es decir, más útiles en sus cosas públicas a causa de la necesidad social de la vida y más respetuosos a la disciplina de la república. Desde esta perspectiva, las antiguas bibliotecas públicas existieron por causa, por interés y por deferencia tanto de la democracia como de la república.

 

Que no pase inadvertido que la ciudad-estado dominante de Atenas fue la cuna de la democracia; y Roma fue el cosmos esencial del Derecho fundado en las sentencias de los tribunales, esto es, en la jurisprudencia romana. Contextos en los que se originó la República como sistema político. Así, en el marco de la relación «democracia, derecho y república» florecerían aquellas primitivas bibliotecas destinadas al aprovechamiento público. No es raro entonces que el servicio público de biblioteca estuviese articulado con la vida pública de la ciudad, la cual dependía del ejercicio de la ciudadanía mediante la participación en la política.

 

Referencias

 

Buonocore, Domingo. (1976). Diccionario de bibliotecología. Buenos Aires: Marymar.

 

Casson, Lionel (2003). Las bibliotecas del mundo antiguo. Barcelona: Ediciones Bellaterra.

 

Iguíniz, Juan B. (1998). El libro: epítome de bibliología. México, Editorial Porrúa.


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FELIPE MENESES TELLO

Cursó la Licenciatura en Bibliotecología y la Maestría en Bibliotecología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Doctor en Bibliotecología y Estudios de la Información por la (UNAM). Actualmente es profesor definitivo de asignatura en el Colegio de Bibliotecología de la Facultad de Filosofía y Letras de UNAM. En la licenciatura imparte las cátedras «Fundamentos de Servicios de Información« y «Servicios Bibliotecarios y de Información» con una perspectiva social y política. Asimismo, imparte en el programa de la Maestría en Bibliotecología y Estudios de la Información de esa facultad el seminario «Servicios Bibliotecarios para Comunidades Multiculturales». Es coordinador de la Biblioteca del Instituto de Matemáticas de esa universidad y fundador del Círculo de Estudios sobre Bibliotecología Política y Social (2000-2008) y fue responsable del Correo BiblioPolítico que publicó en varias listas de discusión entre 2000-2010. Creó y administra la página «Ateneo de Bibliotecología Social y Política» en Facebook.