BIBLIOTECAS, SOCIEDAD Y ESTADO


  • Relação entre as bibliotecas, as ações dos profissionais que nelas atuam e o estado.

EL PARADIGMA CULTURAL DE LA BIBLIOTECA PÚBLICA

Al escritor estadounidense John Steinbeck se le acredita la idea: «La cultura de un pueblo puede medirse por el espesor del polvo en los libros de la biblioteca pública». Pero aceptar este parecer implicaría quedarnos en la superficie. En este sentido, expliquemos mejor por qué se asevera que “el desarrollo de la sociedad a través de las bibliotecas públicas es realmente el desarrollo de la cultura”. (Rath, 1993, p. 46). Así que profundicemos desde diferentes aristas el paradigma cultural de este centro bibliotecario.

 

En concordancia con los puntos de vista de la antropología, la palabra «cultura» tiene dos significados, uno restringido (lenguaje ordinario)  y otro amplio (lenguaje técnico). El restringido alude a la mente, a los gustos y modales refinados, al “cultivo” del intelecto, es decir, a los niveles de educación e ilustración que las personas han logrado alcanzar a través del estudio formal e informal a lo largo de sus vidas; el sentido amplio sugiere que la cultura es el conjunto de recursos acumulados, materiales e inmateriales, que la sociedad hereda, aprende, usa, produce, aumenta, mejora, conserva, aprecia y transmite, por lo que para el antropólogo, todo ser humano es culto. (Kluckhohn, 1965, p. 27). La primera acepción tiene rasgos individuales; la segunda proyecta rasgos sociales. Y ambas son reconocidas tanto por la sociología (Bottomore, 1992, p. 128) como por la ciencia política (Meisel, 1974, p. 602). La literatura bibliotecológica también ha recurrido a estas acepciones para estudiar el papel de la cultura en el universo de la biblioteca pública (Monroe, 1981, p. 5-6).  

 

Una y otra noción de cultura se relaciona con el universo de la biblioteca pública, pues mediante el uso de los acervos que desarrolla y la gama de servicios que presta esta institución a las comunidades, es posible que las personas adquieran más cultura; también es cierto que los diversos sistemas de bibliotecas de este tipo reflejan una determinada riqueza cultural de los pueblos. Entonces podemos pensar que las bibliotecas públicas, al ser manifestaciones materiales e intelectuales de cultura,  forman parte de la «herencia cultural» que genera la humanidad. En un intento de entroncar la sociedad con la cultura, respecto a la relación “biblioteca y sociedad”, se asevera que “el papel tradicional de la biblioteca como parte del sistema de comunicación es la preservación y la transmisión de la herencia cultural” (Shera, 1976, p. 49). Idea que se relaciona con afirmaciones que sostienen que: “Las bibliotecas públicas han desempeñado un papel importante en la preservación del patrimonio cultural” (McCook, 2004, p. 193).  

 

Así, las personas y las comunidades no solamente poseen cultura sino que contribuyen a desarrollarla en un complejo entramado de grupos, relaciones e instituciones sociales, elementos sustanciales de la «estructura social» que estudia la sociología. La biblioteca pública es, por ende, una institución de: 1] «cultura general» al desarrollar colecciones bibliográficas con contenidos universales con el fin de ponerlas formalmente a disposición de todos los individuos y grupos sociales,  2] «cultura bibliotecaria» que, al estar al servicio de la sociedad, constituye en sí una porción importante de un sistema nacional bibliotecario, y 3] «cultura bibliográfica» organizada para efectos de ser estudiada y analizada por personas sin distinción de sexo, edad, ideología, raza, clase social, entre otros atributos sociológicos. El reflejo tridimensional de «cultura universal» que ostenta esta categoría de biblioteca corresponde tanto a la universalidad de sus acervos bibliográficos como a la comunidad genérica de usuarios a la que habitualmente ha venido asistiendo, pues:   

 

Si alguna vez has visitado una biblioteca pública en una gran hora pico conoces la variedad de seres humanos que se encuentran allí. Jóvenes y viejos, ricos y pobres, personas de todas las clases y credos, vienen a la biblioteca, por razones tan variadas como sus orígenes. (Rossell, 1943, p. 5).

 

Si nos ceñimos al concepto técnico-antropológico de cultura, los objetivos de educación, recreación, referencia, información, entre otros, que se plantean estas instituciones giran en torno al objetivo general de cultura que ellas cumplen en el seno de las comunidades. Así, las bibliotecas públicas son, para la diversidad de sus grupos de usuarios que atienden, espacios adecuados de «exploración cultural». Fenómeno que proyecta la dimensión de cultura general al advertir la relación que existe entre esta naturaleza de bibliotecas y la sociedad.

 

La creación, el desarrollo y el mantenimiento de las bibliotecas públicas, como parte de los servicios bibliotecarios públicos de un país, son asuntos que se ubican en la esfera  de las «políticas culturales» del Estado. Por ende, son “entidades que forman parte integrante de la cultura política” (Eichert, 1997, p. 33) bibliotecaria que gestiona el gobierno en sus diferentes niveles de competencia geopolítica. En este contexto, cabe enfatizar que ha sido la literatura concerniente a la ciencia política la que ha hecho un uso fecundo del concepto de «cultura política» (Meisel, 1974, p. 602). Noción que podemos articular en el terreno de la práctica bibliotecaria pública explícitamente con la idea que afirma:

 

Las bibliotecas públicas son parte del gobierno, son, por lo tanto, entidades políticas. La biblioteconomía pública es un tema político a nivel local, estatal y federal. Los comités de biblioteca y los administradores de la biblioteca se dedican a la formulación de políticas gubernamentales de proceso, y son actores políticos en ese proceso. (Shavit, 1986, p. xii).

 

La relación de la biblioteca pública con el ejercicio positivo de la política nos permite aceptar la sugerencia de que este tipo de centro bibliotecario tiene, en efecto, una naturaleza política puesto que forma parte del legado cultural que surge a partir de las acciones y prácticas sociales de los órganos de gobierno, entre otros organismos comprometidos con la política cultural. Más todavía, las bibliotecas públicas al ser creadas y mantenidas a través de mecanismos de actuación de los poderes públicos, son producto de las políticas de obra pública, financiada con el erario. Consecuentemente, la creación, el desarrollo y el sostenimiento de estas bibliotecas son producto de la cultura política que practica el Estado mediante el aparato  denominado Administración Pública. Dicho de otra manera, estas entidades bibliotecarias son componentes de la «política cultural oficial» (Eichert, 1997, p. 33). Desde esta óptica, este tipo de bibliotecas son, asimismo, elementos esenciales de la «estructura cultural» de la sociedad y del Estado.

 

Al pensar en la importancia del concepto de «espacio público», resulta pertinente decir que las bibliotecas públicas, como de otros géneros, requieren de edificios idóneos o previamente remodelados para tal efecto. De modo que los inmuebles de estos centros bibliotecarios proyectan una determinada «cultura arquitectónica», correspondiente al ejercicio que atañe a una obra pública. Respecto a esto se asevera: “La idea de la biblioteca pública como un espacio público vital recientemente se le ha dado un énfasis renovado, no obstante que el reconocimiento de la naturaleza simbólica de los edificios de la biblioteca pública tiene una larga historia”. (Goulding, 2005, p. 49). Desde este perspectiva, se contempla las necesidades de espacio requerido para las grandes áreas que son comunes para la distribución de objetos y sujetos.  Proponer que esta biblioteca es un centro de extraordinario valor cultural implica reconocer la relevancia que tiene como lugar público, pues:

 

El término "público" de la biblioteca tiene una serie de connotaciones que se le atribuye en relación con su receptividad. En primer lugar, que es para "el público", abierto a todo aquel que viva o trabaje en el área local, independientemente de su posición, de fondo o habilidades. En segundo lugar, se trata de un servicio público, un equipamiento cívico para el uso comunal de la población local. Por último, está la idea de que la biblioteca es pública en el sentido de que está disponible gratuitamente y no tiene ningún coste asociado a la utilización de sus servicios básicos. (Goulding, 2005, p. 55).

 

Como podemos vislumbrar, el alcance de este tipo de biblioteca como espacio público nos permite aseverar que es, a su vez, un «espacio cultural» para favorecer, mediante sus servicios, a la población en general.

 

En la práctica observamos que algunas bibliotecas públicas urbanas funcionan como grandes repositorios bibliográficos de importantes personajes al recibir estas instituciones  las donaciones de bibliotecas personales que pertenecieron a intelectuales que figuraron en vida en el mundo de las ciencias y las humanidades, convirtiéndose así esos centros bibliotecarios en “bibliotecas de bibliotecas”. Pero, en general, desde las bibliotecas rurales más humildes hasta aquellas bibliotecas metropolitanas con más y mejores recursos forman parte medular de la cultura bibliográfica y bibliotecaria al servicio de la nación. Bajo este telón de fondo, los conceptos de «patrimonio cultural» y «herencia cultural» en el terreno de las bibliotecas públicas cobran particular significado.

 

La multiplicidad de actividades culturales que llevan a cabo las bibliotecas públicas es lo que permite distinguirlas en una esfera de «acción cultural», la que a su vez se articula con un complejo entramado de «acción socializadora». Enfoque que las configura como entidades responsables de gestionar permanentemente acervos, servicios y recursos con perspectiva de «acción social». (Carrizo, 1997, p. 260-261). Con base en esto, recupera particular relieve la función social y la función cultural que desempeñan estos centros en el seno de la sociedad, pues las bases sociológicas subyacentes de la biblioteca pública la delinean, en efecto, como una institución socio-cultural (Flete and Raber, 1990, p. 456) o como centros sociales y culturales (Davies, 1974). El cumplimiento correspondiente de estas funciones se advierte, por ejemplo, a través de la variedad de proyectos sobre «servicios de extensión bibliotecaria» (library outreach programs o library extension service programs).

 

Programas de esta naturaleza de servicios es lo que posibilita la socialización de la cultura, particularmente entre usuarios marginados o excluidos del sistema social (Pungitore, 1989, p. 30;  Johnson, 1993, p. 290; McCook, 2004, p. 66). La base de este proceso socializador es la cultura bibliográfica-bibliotecaria que estas bibliotecas ponen a disposición de un público usuario, constituido por una gran diversidad y pluralidad cultural de individuos y grupos sociales escasamente atendidos, intentando así propiciar una mayor igualdad de oportunidades en materia de servicios de biblioteca pública, por ende, de acceso a la información bibliográfica en el marco de un espacio público de cultura. Así, si los bibliotecarios públicos no dudan en ingeniárselas para organizar actividades propias para fomentar la lectura, brindar conferencias, patrocinar la formación de clubes con la finalidad de impulsar el uso de las salas de reunión, entre otras actividades de extensión, estas bibliotecas son instituciones que se promueven como centros culturales; se promocionan como principales centros de la vida cultural al estimular la búsqueda de información y la adquisición de conocimiento; se vivifican como espacios para el disfrute y la apreciación de la inteligencia universal. 

 

Conforme al paradigma que nos ocupa, el centro bibliotecario de índole pública es un bien cultural de y para la colectividad. Como bien cultural que crea, distribuye y gestiona el Estado a través de la autoridad gubernamental, es la objetivación inteligente del espíritu humano colectivo de un pueblo, cuya conducción política de este elemento del Estado corresponde al poder político sobre la sociedad. Por consiguiente, la biblioteca al servicio de la sociedad genera una especie de comunidad de trabajo, es decir, donde la relación bibliotecas públicas y sociedad es encarnada por los bibliotecarios públicos, los lectores y los usuarios que se unen para edificar y hacer funcionar una obra en común: un «bien público cultural». Por ende, esos espacios están destinados a desempeñar un papel importante en la (re)construcción de la estructura social.

 

 

Referencias

 

Bottomore, T. B. (1992). Civilización y cultura. Introducción a la sociología. Barcelona, Ediciones Península. pp. 127-133

 

Carrizo, Ernesto Oscar. (1997). Biblioteca y sociedad. En: Dobra, Ana. La biblioteca popular, pública y escolar: una propuesta para su organización. 2ª  ed. Buenos Aires, CICCUS. pp. 259-266

 

Davies, D. William. (1974). Public libraries as culture and social centers: the origin  of the concept. Metuchen, N. J., Scarecrow Press.

 

Eichert, Crristof. (1997). Bibliotecas públicas: la fuerza socioeconómica del entorno urbano. En: La biblioteca pública: un compromiso político. 1as  Jornadas «Biblioteca Pública y políticas culturales». Barcelona, Fundación Bertelsmann.

 

Fleet, Connie Van; Raber, Douglas. (1990). En : Adult services: an enduring focus for public libraries. Edited by Kathllen M. Heim and Danny P. Wallace. Chicago, American Library Association. pp. 456-500

 

Goulding, A. (2005). The public library: a successful public space? En: P. Turner y E. Davenport (Eds.). Spaces, spatiality and technology. Dordrecht, The Netherlands, Springer. pp. 45-66

 

Johnson, Duane. (1993). Extension services. En: Wedgeworth, Robert (Ed.). World Encyclopedia of Library and Information Services. 3rd ed. Chicago, American Library Association. pp. 290-292

 

Kluckhohn, Clyde. (1965). Antropología. México, Fondo de Cultura Económica.

 

McCook, Kathleen de la Peña. (2004). Introduction to public librarianship. New York: Neal-Schuman Publisher.

 

Meisel, John. (1974).  Political culture and the politics of culture. Canadian Journal of Political Science. 7 (4): 601-615

 

Monroe, Margaret. (1981). The cultural role of the public library. En: Advances in Librarianship. Edited by Michael H. Harris. Vol. 11. San Diego, Academic Press.

 

Shavit, David. (1986). The politics of public librarianship. New York, Greewood Press.

 

Pungitore, Verna L. (1989). Public librarianship: an issues-oriented approach. New York, Greenwod Press.

 

Rath, Moorttimatee; Rath, Pravakar. (1993). Sociology of librarianship. Delhi, Pratibha Prakashan. 

 

Rossell, Beatrice Sawyer. (1943). Public libraries in the life of the nation. Chicago, American Library Association.

 

Shera, Jesse H. “The library and society”. Introduction to library science : basic elements of library service. Littleton, Colorado: Libraries Unlimited, 1976. p. 49


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FELIPE MENESES TELLO

Cursó la Licenciatura en Bibliotecología y la Maestría en Bibliotecología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Doctor en Bibliotecología y Estudios de la Información por la (UNAM). Actualmente es profesor definitivo de asignatura en el Colegio de Bibliotecología de la Facultad de Filosofía y Letras de UNAM. En la licenciatura imparte las cátedras «Fundamentos de Servicios de Información« y «Servicios Bibliotecarios y de Información» con una perspectiva social y política. Asimismo, imparte en el programa de la Maestría en Bibliotecología y Estudios de la Información de esa facultad el seminario «Servicios Bibliotecarios para Comunidades Multiculturales». Es coordinador de la Biblioteca del Instituto de Matemáticas de esa universidad y fundador del Círculo de Estudios sobre Bibliotecología Política y Social (2000-2008) y fue responsable del Correo BiblioPolítico que publicó en varias listas de discusión entre 2000-2010. Creó y administra la página «Ateneo de Bibliotecología Social y Política» en Facebook.