BIBLIOTECAS, SOCIEDAD Y ESTADO


  • Relação entre as bibliotecas, as ações dos profissionais que nelas atuam e o estado.

EL PARADIGMA PÚBLICO DE LA BIBLIOTECA PÚBLICA - V

Sin lugar a dudas, tanto las «propietary subscription libraries» como las «circulating libraries», en el orden burgués británico de los siglos XVII al XIX, figurarían como espacios para favorecer el proceso de la lectura de una pequeña porción de la población, incluso entre aquella que sabía leer. No obstante, esas instituciones forjaron, histórica y culturalmente, un elemental y precursor carácter de servicio “público” de biblioteca. Aunque en el marco de reducidas esferas intelectuales, pues el talante público, principalmente de la primera categoría de esas bibliotecas, estuvo en gran medida restringido para aquellos ámbitos comunes de la burguesía letrada. Mientras que el usufructo de los acervos de la segunda categoría de aquellas bibliotecas, a pesar de su espíritu comercial que también caracterizó su servicio, alcanzó a lectores esencialmente de las clases medias y,  como referimos más adelante, a algunas personas instruidas procedentes de las clases subalternas.

 

Desde esta perspectiva, ambos tipos de bibliotecas forman parte sustancial de la historia social no solamente de algunas reminiscencias referentes al servicio bibliotecario público, sino también respecto al posicionamiento de los medios intelectuales de producción por parte de la clase dominante durante los siglos en que fue modelándose paulatinamente la biblioteca pública. Desde esta óptica, el estatus público comenzó a estar acotado, en efecto, a una clara división de clases sociales. Con base en esta apreciación, el fenómeno de la sociedad de clases no solo constituye una división jerárquica basada esencialmente en los medios materiales, sino también en los medios intelectuales. Esta estructura social ha estado vinculada así con el sistema productivo tanto de los objetos como de las ideas. Típico sistema de estratificación social que engendraron las sociedades capitalistas de los siglos XVII al XIX, cuyo resultado han sido las sociedades no igualitarias, es decir, contextos sociales en donde no ha existido la igualdad real de acceso a la cantidad y calidad de los recursos intelectuales. La distancia social entre ambas categorías de las bibliotecas aludidas se puede dilucidar cuando Gerard nos dice que una de las características comunes de aquellas bibliotecas circulantes es que carecían de un círculo de lectores serios (1980, p. 211). Este punto de vista denota que las bibliotecas de suscripción, en virtud que estaban para el aprovechamiento de la burguesía letrada, ésas sí gozaban de una mejor imagen y un claro abolengo por contar con un público suscriptor con hábitos avanzados de lectura, esto es, distinguido no solamente por el hecho social de que sus lectores formaban parte de determinada minoría selecta de la sociedad, sino también por el nivel intelectual de las colecciones que constituían esos espacios bibliotecarios de suscripción.

 

La diferencia a partir de los acervos de esos dos tipos de instituciones bibliotecarias con régimen tarifario estriba en que las bibliotecas circulantes estuvieron, reafirmemos, dirigidas para los lectores de las clases carentes de los medios de producción en comparación con las bibliotecas privadas de suscripción que funcionaron peculiarmente al servicio de los lectores de grupos y círculos sociales de cierta alcurnia. Así, mientras las bibliotecas circulantes contenían literatura de ficción, cuyo módico alquiler pudo en teoría estar al alcance de los bolsillos de la clase trabajadora, las bibliotecas de suscripción disponían de literatura en concordancia con las tradiciones culturales de las clases con mayor nivel educativo y económico (Forster y Bell, 2006, p. 152-153). Es decir, esas bibliotecas, además de tener una alta cuota anual, en materia de colecciones se concentraban con frecuencia en temas ‘serios’, excluyendo así los libros de ficción (Eliot, 2006, p. 125). Los términos contrastantes entre «Working Men’s Libraries» y «Gentlemen’s libraries»  ilustran la diferencia social de clase al trazar una línea divisoria entre baja cultura y alta cultura. Pese a todo, unas y otras, al poner a su disposición sus acervos a una minoría, solamente pudieron ser de utilidad a una fracción privilegiada de toda la comunidad lectora. La reflexión crítica nos advierte que pese a los esfuerzos de hacer un poco más accesible la lectura entre las diferentes clases sociales, a través del rudimentario proceso público de esas bibliotecas de alquiler, la clase operaria no se vio beneficiada. Al respecto se afirma:   

 

De mediados a finales del siglo XVIII se registró un aumento importante en el número de bibliotecas teóricamente abiertas al público: de suscripción, circulantes y otras vinculadas a organizaciones específicas. Sin embargo, esas instalaciones no se adaptaron a los lectores de la clase trabajadora del siglo XIX por varias razones. Muchas bibliotecas circulantes eran poco más que de moda social y accesorios de ocio para el público perteneciente a la clase media y media alta, y sus regímenes de suscripción no eran por lo general atractivos para los trabajadores. Las bibliotecas propietarias de suscripción y otras estuvieron igual normalmente fuera del alcance de los bolsillos del hombre de trabajo. (Baggs, 2006, p. 171).

 

Dado que aquellas «propietary subscription libraries» fueron de y para servir a los diferentes grupos sociales de la burguesía, ellas son parte de la evolución de las «bibliotecas burguesas» que se crearon y desarrollaron en los contextos diferentes a las bibliotecas religiosas que habían sido instaladas en iglesias, conventos, monasterios, catedrales y colegios hasta el siglo XV, cuyos estantes estaban colmados de libros escritos en latín y sobre teología. Serían las bibliotecas burguesas las que atenuarían el monopolio intelectual reflejado a través de esa tradición bibliotecaria religiosa que reinó durante varios siglos. De tal manera que esas bibliotecas de suscripción incluirían en sus colecciones obras sobre derecho, filosofía, historia, medicina, botánica, geografía, viajes, entre otras temáticas, y escritas en los respectivos idiomas nacionales. En concordancia con este razonamiento, las bibliotecas seglares, es decir, las bibliotecas de titularidad privada creadas entre los albores del siglo XVI y las postrimerías del XIX en el seno de la clase burguesa, derribaron dos importantes barreras que impedían o dificultaban el acceso a la lectura: la idiomática y temática. Pero el factor económico o monetario, basado en la propiedad privada de los recursos intelectuales, generaría una nueva barrera para el pleno uso de esos libros entre los diversos grupos sociales procedentes de las clases populares.

 

Las bibliotecas burguesas como un concepto historiográfico (Dahl, 1985, p. 75) es viable utilizarlo para hacer comprender que el componente social dominante de las bibliotecas tanto de espíritu privado como comercial, en el marco de un movimiento cultural en camino hacia lo público, correspondió en esa época al dominio de la alta burguesía. Se trató de dominar, a través del funcionamiento de esas bibliotecas semipúblicas, recursos con poder de capital cultural-económico-social. Esos servicios de bibliotecas, de gestión privada y lucrativa, se circunscribieron a contextos de intereses y prácticas de clase; a intereses y prácticas de uso-consumo de bienes y servicios bibliotecarios que lograrían ahondar las diferencias entre las clases sociales. Así que la gestión de esas instituciones de lectura  tuvo un carácter notoriamente burgués, es decir, se trató de una nueva administración bibliotecaria que resultó propicia para el desarrollo del modo de producción capitalista. Reflejo del triunfo de la propiedad burguesa sobre la propiedad feudal.     

 

Las bibliotecas circulantes, como instituciones inmersas en la actividad central del sistema socioeconómico capitalista, se apoyaron en la búsqueda de la ganancia, por ende, en la búsqueda de clientes más que de lectores, de consumidores más que de usuarios. Así que esas bibliotecas socialmente se deben ubicar principalmente en la esfera cultural del comercio; en las relaciones comerciales de la sociedad impregnada por los flujos de intereses, de dividendos y de rentas; de ganancias de capital que perseguían los libreros como propietarios del capital invertido en la adquisición de colecciones y gestión de servicios. El incremento de la cantidad de suscriptores se relacionaba, en la naturaleza y lógica del capitalismo (Heilbroner, 1989), con el incremento de la cantidad de riqueza producida a través de las actividades lícitas que a ese sector se le permitía para llevar cabo el proceso inherente a la acumulación de capital.

 

Esas bibliotecas se ubican en el cisma de dos perfiles que convergen en el entorno cultural de la burguesía: uno privado que propendió por la comercialización de la lectura; otro público pero como acto económico que participó en el trato de mercado caracterizado por el régimen del capital. La tendencia fue considerar así a los libros, revistas y periódicos como productos de arrendamiento o alquiler. Aquellas bibliotecas comerciales serían una consecuencia del sistema capitalista que desde entonces busca continuamente originar negocios en áreas incluso de actividad cultural y social; instituciones que en ese tiempo pudieron ser subsumidas dentro del circuito generador de capital. Las colecciones bibliográficas, como objetos reales de propiedad privada, fueron bienes de capital; las rentas de material bibliográfico al público, proceso lucrativo inmerso en las sociedades emergentes de mercado, fueron bienes de consumo para satisfacer las necesidades referentes a la lectura de los lectores-consumidores. En razón de esto, podemos afirmar que esas categorías de bibliotecas se incorporaron al circuito de la acumulación de riqueza monetaria; al esfuerzo de acumular capital, función esencial de todo escenario capitalista (Heilbroner, 1989, p. 63). 

 

 

Referencias

 

Baggs, Chris. (2006). Radical reading? Working-class libraries in the nineteenth century and early twentieh centurias. En: Edited By Alistair Black and Peter Hoare. The Cambridge history of libraries in Britain and Ireland. Volumen III 1850-2000. Cambridge: Cambridge University Press. pp. 169-179

 

Dahl, Svend. (1985). Historia del libro.  Madrid: Alianza Editorial.

 

Eliot, Simon. (2006). Circulating libraries in the Victorian age and after. En: Edited by Alistair Black and Peter Hoare. The Cambridge history of libraries in Britain and Ireland. Volumen III 1850-2000. Cambridge: Cambridge University Press. pp. 125-145

 

Forster, Geoffrey; Bell, Alan. (2006). The subscription libraries and their members. En: Edited By Alistair Black and Peter Hoare. The Cambridge history of libraries in Britain and Ireland. Volumen III 1850-2000. Cambridge: Cambridge University Press. pp. 147-168

 

Gerard, David E. (1980). Subscription libraries (Great Britain). En: Edited by Allen Kent. Encyclopedia of library and information science. Vol. 29. New York: Marcel Dekker.  pp. 205-221

 

Heilbroner, Robert L. (1989). Naturaleza y lógica del capitalismo. México: Siglo XXI.


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FELIPE MENESES TELLO

Cursó la Licenciatura en Bibliotecología y la Maestría en Bibliotecología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Doctor en Bibliotecología y Estudios de la Información por la (UNAM). Actualmente es profesor definitivo de asignatura en el Colegio de Bibliotecología de la Facultad de Filosofía y Letras de UNAM. En la licenciatura imparte las cátedras «Fundamentos de Servicios de Información« y «Servicios Bibliotecarios y de Información» con una perspectiva social y política. Asimismo, imparte en el programa de la Maestría en Bibliotecología y Estudios de la Información de esa facultad el seminario «Servicios Bibliotecarios para Comunidades Multiculturales». Es coordinador de la Biblioteca del Instituto de Matemáticas de esa universidad y fundador del Círculo de Estudios sobre Bibliotecología Política y Social (2000-2008) y fue responsable del Correo BiblioPolítico que publicó en varias listas de discusión entre 2000-2010. Creó y administra la página «Ateneo de Bibliotecología Social y Política» en Facebook.