BIBLIOTECAS, SOCIEDAD Y ESTADO


  • Relação entre as bibliotecas, as ações dos profissionais que nelas atuam e o estado.

EL PARADIGMA POPULAR DE LA BIBLIOTECA PÚBLICA

La biblioteca popular es posible valorarla como el objeto de estudio que apunta a configurar las bases de una praxis de lo que podemos denominar como biblioteconomía popular (popular librarianship), es decir, el conjunto de conocimientos teóricos y prácticos inherentes a la organización y administración de aquellos centros bibliotecarios destinados a satisfacer necesidades de educación, información y recreación de los grupos sociales menos favorecidos. Quizás por esto se aprecia que “la rama más humilde de la organización bibliotecaria” es la que trata acerca de “las bibliotecas llamadas populares” (Mantecón, 2004, p. 84). Así que el estudio de estos espacios culturales se caracterizan por ser: 1] servicio de biblioteca para el pueblo y 2] y servicio de biblioteca del pueblo. 

 

Si bien comparte muchas características de la biblioteca pública, la biblioteca popular presenta antecedentes y diferencias que es importante discernir. El adjetivo «popular» hace referencia al pueblo, a la clase trabajadora. Esto explica que la biblioteca popular en sus albores fuese la “biblioteca de vulgarización destinada a las clases obreras en el siglo XIX” (García, 2000, p.52). En varios países (Francia, Rusia, España, Italia, etc.) el servicio popular de biblioteca se creó sino únicamente sí principalmente para la clase operaria, para la población obrera, para la familia proletaria. Un acercamiento a esta concepción es la visión del bibliotecario republicano Juan Vicéns de la Llave (Salaberría, 2004, p. 322), quien durante la Segunda República se esforzó para que predominara la causa de la cultura dirigida hacia las masas. Toda esta labor la realizó en el escenario de una política bibliotecaria comprometida dentro de un movimiento social revolucionario que desembocó en la Guerra Civil Española.

 

El vocabulario bibliotecológico conservador es parco en aceptar términos tales como: «bibliotecas anarquistas», «bibliotecas socialistas», «bibliotecas comunistas», «bibliotecas sindicales», «bibliotecas obreras» o «bibliotecas proletarias», abstracción en torno de la que se inspirara el poeta español Rafael Alberti para escribir su Himno a las bibliotecas proletarias y en el que convoca a los trabajadores a luchar y a estudiar para vencer a los explotadores. Gama de expresiones que sintetiza el concepto de biblioteca popular en un Frente de Cultura Popular que, en ambientes revolucionarios, acumula proyectos, esperanzas, propósitos, riesgos, pasiones, responsabilidades, anhelos e intereses. Bibliotecas que, en fin, se proyectan como un arma intelectual de guerra en el cosmos de una lucha enconada de clases. El paradigma proletario de la biblioteca popular infiere que ésta es la que se destina a los trabajadores manuales (Fabietti, 1933, p. 7), al hombre faber que, al carecer de medios de producción, sobrevive mediante la explotación de su fuerza de trabajo.

 

Antonio Gramsci  afirmaría, en el contexto de Italia, que la biblioteca popular “ha sido la iniciativa en pro de la cultura popular de los tiempos modernos” (Gramsci, 1975, p. 135). Esta apreciación la basó en la lectura del artículo El primer veinticinquenio de las Bibliotecas populares milanesas de Ettore Fabietti, “Nuova Antología”, 1 de octubre de 1928, quien, a su juicio, ha tenido “una indiscutible capacidad organizativa en el campo de la cultura obrera en sentido democrático” (Gramsci, 1975, p. 135).

 

En América Latina una de las percepciones acerca de la praxis bibliotecaria popular se debe al pedagogo Paulo Freire. La idea freireana: «la biblioteca popular no es un depósito silencioso de libros» se articula con una de las principales categorías en torno de las que reflexionó con singular empeño aquel pedagogo: «la cultura del silencio», fenómeno moldeado desde la invasión cultural europea en América y que tiene un vasto carácter de clase. Si las escuelas y las bibliotecas oficiales prolongan la cultura del silencio, las bibliotecas populares deben y pueden ayudar a quebrarla entre los grupos sociales marginados y oprimidos. Así las cosas, el servicio bibliotecario popular se adhiere a los procesos que entraña educación liberadora. La práctica de la biblioteca popular en esta región del continente es una realidad en torno de la que se puede ilustrar de manera concreta el paradigma de este tipo de institución social. Mencionemos grosso modo los casos de Perú, Argentina y Uruguay.

 

En el caso del Perú, el servicio popular de biblioteca se fue creando como comportamiento de acción ciudadana a causa de la ausencia de un eficaz servicio público de biblioteca que debe ofrecer el Estado. De tal modo que en ese país: “Las bibliotecas [populares] surgen en un momento de abandono y vacío casi total de proyectos culturales de una política estatal cultural y educativa” (Casali, 1985, p. 32) satisfactoria. Ante la irresponsabilidad política de los poderes del Estado, estas bibliotecas se instalarían con base en varios proyectos de autogestión. Eran tiempos en que comenzaba a tener auge el pensamiento de la teología de la liberación y a circular profusamente por toda América Latina la pedagogía del oprimido de Paulo Freire. Es posible que debido a estos antecedentes políticos e ideológicos algunas bibliotecas populares de Perú, y de otros países de la región, como en Brasil, hayan sido protagonistas del movimiento latinoamericano de las Comunidades de Base, es decir, centros formados inicialmente como bibliotecas parroquiales por grupos cristianos comprometidos con las clases populares.

 

Las bibliotecas populares en el contexto argentino es una experiencia sui generis de antigua data. Al respecto se sabe que durante la segunda mitad del siglo XIX, el autodidacta, escritor y político Domingo Faustino Sarmiento fue el impulsor de las bibliotecas populares argentinas. A él se debe la reglamentación de esos espacios dedicados a respaldar la educación popular. Por este motivo, la célebre Ley No. 419, promulgada el 23 de septiembre de 1870, es conocida como la «Ley Sarmiento».  De tal modo que Domingo Buonocore al conceptuar en su reconocido diccionario el término en cuestión, definió:

 

Entre nosotros [los argentinos] es la biblioteca pública creada y administrada por una sociedad particular con personería jurídica y que goza, generalmente, de la protección y fomento del Estado. Las bibliotecas populares son fruto de la libre iniciativa privada que las sostiene con las cuotas de sus adherentes, se gobiernan con autonomía, debiendo únicamente rendir cuentas de los subsidios percibidos y someterse a la fiscalización técnica y vigilancia de la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares [...]. (Buonocore, 1976, p. 83).

 

Esa “libre iniciativa privada” de crear bibliotecas populares no pasa por encima del bien común, esto es, este tipo de instituciones en Argentina son muestra de la capacidad creadora y organizadora de la sociedad civil en pro del bien común. Se entiende en este ámbito que el servicio bibliotecario popular, provisto tanto de una función social como de una responsabilidad social, es una expresión de servicio de interés general no estatal, es decir: “La biblioteca popular es la biblioteca pública por antonomasia, no sólo porque la misma abre sus puertas a toda la colectividad, sin distinciones de ningún género, sino, también, porque satisface una necesidad de interés general: la ilustración de las masas”. (Buonocore, 1976, p. 83). Ante esta visión, el interés público y social y el poder del Estado se entretejen. Así, “la biblioteca popular que es, por esencia, una biblioteca pública, define, con caracteres propios, un tipo o modalidad de biblioteca entendida como una agencia de educación para las masas, complementaria de la escuela.” (Buonocore, 1976, p. 86). Por esto mismo, el asunto de la biblioteca popular tiene una estrecha relación con el término de «educación popular» y con el apoyo voluntario de la sociedad.

 

A partir del siglo XIX, experiencias semejantes se viven Uruguay. País en donde la biblioteca popular es la que es formada por los vecinos y está ubicada en donde ellos más la necesitan, pues la biblioteca pública municipal aunque es más visible a la mirada de la sociedad, está alejada de los ciudadanos no solamente por el sitio en donde se ubica sino también por los servicios que no se ajustan a las necesidades sociales de aquellos. Sin embargo, la carencia de recursos (escasez de libros, personal sin capacitación, locales inadecuados) por la que atraviesan las bibliotecas populares uruguayas contrasta con el espíritu y la fuerza del trabajo popular, comunitario y colectivo que realizan quienes ofrecen ese tipo de servicio de biblioteca barrial o vecinal. Se trata, como podemos entrever, de un servicio bibliotecario alternativo al que brinda la biblioteca pública a cargo del municipio. Aunque la distancia entre los vecinos y la autoridad se ha diluido en cierta medida, pues la Biblioteca Nacional de ese país y el gobierno municipal han firmado un convenio de cooperación con el fin de apoyar a las bibliotecas barriales, tan es así que ya se habla de un Sistema Nacional de Bibliotecas Populares, de «gestión bibliotecaria popular». De tal suerte que la Biblioteca Nacional  se ha comprometido a organizar, asesorar y asistir en el desarrollo de esas bibliotecas, a través de una Coordinación de Bibliotecas Populares.

 

Algunas características de las bibliotecas populares que se perciben en el cuadrante uruguayo, son 1] el ámbito social y cultural en el que se desarrollan,  2] la manera en que labora el personal que las hace funcionar, 3] el rasgo suplementario de otros servicios públicos y 4] el motivo por el que son creadas. En relación con la primera peculiaridad se  sabe que tiende a ser diverso el entorno, pues ellas son creadas “en clubes sociales, complejos habitacionales como cooperativas de vivienda, comisiones vecinales, instituciones religiosas, etc.” (Szafran, 2002, p. 20). Respecto a la segunda distinción, “la mayoría de las bibliotecas populares son atendidas por personas integrantes de las propia comunidad realizando una tarea voluntaria (Szafran, 2002, pp. 20-21). En cuanto a la tercera singularidad se asevera: “En muchos casos el servicio de biblioteca es brindado en forma complementaria a otros como ser guarderías, policlínicas, etc., bajo las mismas formas honorarias” (Szafran, 2002, p. 21). En razón a la cuarta cualidad se afirma: “Generalmente su surgimiento obedece a la falta de servicios de bibliotecas públicas en la zona en cuestión” (Szafran, 2002, p. 21). Atributos que no son, en efecto, exclusivos en ese país de América del Sur, puesto que se advierten en otras latitudes.

 

 

Referencias

 

Buonocore, Domingo. (1976). Diccionario de bibliotecología. Buenos Aires: Marymar.

 

Casali, Primiccia. (1985). Un espacio de vida: las bibliotecas populares en los barrios. Autoeducación. 13: 31-35.

 

Fabietti, Ettore. (1933). La biblioteca popolare moderna. 4 ed. Milano: Antonio Vallardi. Citado por Buonocore, D. Diccionario de Bibliotecología... p. 83

 

García Enjarque, Luis. (2000). Diccionario del archivero bibliotecario. Gijón, Asturias: Editorial Trea.

 

Gramsci, Antonio. (1975). Los intelectuales y la organización de la cultura. México: Juan Pablos Editor.

 

Mantecón Navasal, José Ignacio. (2004). Sobre las bibliotecas populares. Educación y Biblioteca. 16 (139): 84-87

 

Salaberría, Ramón. (2002). Las bibliotecas populares en la correspondencia de Juan Vicéns a Lulu Journain y Hernando Viñes (1933-1936). Anales de Documentación. No. 5, pp. 309-332

 

Szafran Maiche, Paulina. (2002). Perfil del intermediario de información en bibliotecas para el gran público: el caso de las bibliotecas populares de Montevideo: informe final. Montevideo: Universidad de la República, Escuela Universitaria de Bibliotecología y Ciencias Afines.


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FELIPE MENESES TELLO

Cursó la Licenciatura en Bibliotecología y la Maestría en Bibliotecología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Doctor en Bibliotecología y Estudios de la Información por la (UNAM). Actualmente es profesor definitivo de asignatura en el Colegio de Bibliotecología de la Facultad de Filosofía y Letras de UNAM. En la licenciatura imparte las cátedras «Fundamentos de Servicios de Información« y «Servicios Bibliotecarios y de Información» con una perspectiva social y política. Asimismo, imparte en el programa de la Maestría en Bibliotecología y Estudios de la Información de esa facultad el seminario «Servicios Bibliotecarios para Comunidades Multiculturales». Es coordinador de la Biblioteca del Instituto de Matemáticas de esa universidad y fundador del Círculo de Estudios sobre Bibliotecología Política y Social (2000-2008) y fue responsable del Correo BiblioPolítico que publicó en varias listas de discusión entre 2000-2010. Creó y administra la página «Ateneo de Bibliotecología Social y Política» en Facebook.